Por: Juan David Ochoa

Post mortem

La muerte de Chávez, gigante y simbólica sobre los nervios y el espanto de un país que aspira mayoritariamente a la continuidad del socialismo...

La muerte de Chávez, gigante y simbólica sobre los nervios y el espanto de un país que aspira mayoritariamente a la continuidad del socialismo, justo en el tiempo en que la oposición logra el cúmulo de pruebas que revelan la debacle contundente de la democracia, representa, gigante y simbólica como la muerte del caudillo, el dilema que tendrá la nueva directriz del régimen.

El mito habla ahora por la irrefutable generosidad de su atención a la miseria, (ignorada voluntariamente por la diplomacia suramericana), por la fuerza incluyente de una identidad perdida, por el vigor con que su recia postura rechazó la intromisión histórica de los imperios. El mito se impone sobre toda la ovación, para que en la gravidez de su leyenda brille y pese sobre toda disidencia o duda de la gloria. Habla del tiempo en que las puertas imposibles de la educación fueron abiertas a la fuerza y extendidas a los segregados por los ciclos antiguos del poder. Habla del mando que afianzó el servicio de salud en los sectores deprimidos. Es claro y evidente que la dignidad se levantó sobre escalones que le estaban prohibidos cuando el bloque estricto de otra clase separaba el lujo de la sed y el hambre, y que alcanzó la fuerza de la identidad que hace unos días lloraba al féretro del siglo.

Pero el brillo del mito encandilante exagera su grandeza, y el fervor, idólatra y sensible en el luto, fanático y dispuesto a defender a muerte la honra del partido, opaca con millones de arengas la faceta oscura del mandato y el peligro de sus métodos.

Es fastidiosa la historia que reanuda tantas veces los círculos funestos en el tempo. Ha demostrado suficientemente bien que la postura radical de los poderes, negados a aceptar prensa “enemiga” y disidencia, oposición y crítica, heterodoxia y disidencia, tienden a evolucionar entre un delirio de persecución que muta siempre en paranoia psicópata cuando el control obsesivo de los equilibrios rompe el dique y la demencia estalla. Las cabezas entonces empiezan a caer, una a una al ritmo del desquiciamiento, como cayeron en Francia después de la romántica revolución de la fraternidad contra la infamia sorda de los reyes. (40 mil muertos enterró el reinado del terror hasta el arribo de la nueva dictadura mítica de Bonaparte). Como cayeron también bajo la unión soviética, después de que la obra de Lenin llegó al orgullo de Stalin ? su sucesor metódico ? y el baño de sangre terminó por encostrar las extensiones inmensas de la nieve con la muerte de oficiales sospechosos de traición y de espionaje, de intelectuales molestos y soldados pusilánimes. Sucedió lo mismo en Serbia con el monstruo Milosevic y en Haití con Papa Doc y en Libia con Gadafi, y en Sudán y en Indonesia y en Birmania. En Alemania con el innombrable, en la Grecia de la dictadura de los coroneles y en la España de Franco. Todos evolucionaron desde el aura idolatrada de la salvación hasta los de los límites de la sevicia.

Venezuela quiere hoy el control de su revolución. Lo harán a las buenas o a las malas, por la ley o por la sangre. Y Nicolás Maduro sabe bien que entre la transición y el nuevo inicio, la contrafuerza ideológica presionará como nunca aprovechando el nerviosismo de la inexperiencia. Hará lo que mejor le dicte la tensión entre el vigor y el miedo.

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