Por: Francisco Leal Buitrago

¿Presidencialismo o parlamentarismo?

'Año nuevo, vida nueva' y 'feliz año' son algunos de los buenos augurios que proclamamos cada año. Lo dudoso es que se cumplan, al menos en Colombia y la región, pues la mayoría de sus países padecen de graves problemas.

El artículo de Arturo Valenzuela, publicado en El Tiempo el 29 de diciembre y referido a Latinoamérica, aunque centrado en el régimen autoritario de Chávez, me pareció poco aterrizado. Su propuesta de pasar del presidencialismo al parlamentarismo para superar el autoritarismo, muestra que no incluye el meollo del asunto.
En la región, hay factores que pesan igual o más que los planteados por Valenzuela. El caudillismo, por ejemplo —pertinente para el caso que él trata—, no se deriva solamente de que haya o no reelección, pues tiene raíces históricas profundas en varias sociedades y Venezuela es una de ellas. A diferencia de Colombia, en el país vecino fue excepcional el lapso de formalidad democrática entre 1958 y 1999.

Sin duda —como afirma Valenzuela—, la democracia es un régimen de instituciones. Pero de ahí a que, por arte de magia, el parlamentarismo las garantice o las fortalezca es olvidar particularidades de nuestros países. Mencionó sólo un par de ellas en las que Colombia es campeón. No hay comparación entre el nivel de educación de la población europea —que Valenzuela pone como ejemplo— y la escasa cobertura que tiene en la región, pero sobre todo su mala calidad. La escogencia de malos candidatos por los electores y su bajo nivel educativo están bien relacionados.

Por su parte, la inequitativa distribución de bienes y servicios en casi todos los países es enorme. Esto se refleja en altos porcentajes de desempleo, pero sobre todo en informalidad laboral. Los desbalances en la distribución del ingreso son abismales, además de la alta concentración del capital. La pobreza inhibe la capacidad de sufragar por candidatos idóneos, y la miseria —que cubre a amplios sectores —, las ganas de votar. Con abultados niveles de abstención, los pobres al alcance de los políticos venden su voto por cualquier “plato de lentejas”.

En esencia, no hay ciudadanos como tales en vastos sectores de nuestras sociedades. Así haya democracias formales, como existen en buena parte de países de la región —algunas no más que meros disfraces—, los ciudadanos con deberes y derechos constitucionales que sean efectivos no son mayoría.
Este entorno es semillero de clientelismo y corrupción. Aunque distribuido de manera irregular entre países, ciudades y áreas rurales, reproduce vicios de la política. En el mejor de los casos, el nivel nacional busca aislarse de la contaminación, pero los niveles regional y local son tierra fértil para autoritarismos y corruptelas.

Valenzuela anota que aunque es importante la discusión sobre la reelección, debería darse más bien una entre la conveniencia o no de las dos alternativas que propone. Pero en el contexto de la región —y en particular de Colombia—, sería más adecuado para una discusión articular esas alternativas con las limitaciones de nuestras sociedades para el ejercicio de la democracia, sin excluir la de la reelección.

Nota: Parecería una inocentada las críticas del expresidente Uribe al actual Gobierno —que es responsable de graves errores— con la disculpa de defender la democracia. Entre los líderes que han llegado a la presidencia éste ha sido el único que ha logrado compaginar para su beneficio personal el nivel nacional de la política con el de las regiones.

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