Por: Javier Moreno

Prevenir lo inevitable

Seis científicos italianos acaban de ser declarados culpables de homicidio culposo. ¿Su crimen? Fueron incapaces de predecir un futuro nefasto.

El seis de abril de 2009, un terremoto reventó la ciudad de La Aquila. Trescientas personas murieron. Los familiares de las víctimas demandaron al equipo de sismólogos del servicio nacional de evaluación de riesgo y, contra todo pronóstico, ganaron.

Hay versiones de versiones de lo que salió mal, pero al final todas conducen a la misma conclusión: los sismólogos fueron condenados a seis años de cárcel por no advertir (como si fuera posible) el riesgo que se cernía sobre la ciudad. El precedente legal es preocupante pero la comunidad científica confía en que el caso se resuelva a favor de los inculpados una vez concluya la apelación.

La sismología es una ciencia difícil. Estudia fenómenos repentinos con regularidades difusas estimadas, si acaso, en siglos. Con un siglo escaso de mediciones fiables, su objetivo actual se centra en entender la mecánica de las placas y sus eventuales rupturas y, en la medida de lo posible, hacer estimaciones probabilísticas de que un terremoto suceda en lugares específicos. Por lo pronto, no hay ningún método efectivo que permita predecirlos. Tal vez nunca lo haya.

Dado lo anterior, nuestra línea de defensa principal contra los terremotos es la prevención que minimice los daños y víctimas. La Aquila está empotrada en los Apeninos, una zona de alta actividad sísmica, pero ni la ciudad ni sus habitantes estaban preparados y eso no es culpa de los científicos no importa lo que digan los charlatanes que anuncian que lo vieron venir.

En Colombia tenemos un ejemplo notable del mismo problema.

El terremoto más grande registrado en la historia del país ocurrió el 31 de enero de 1906. Azotó la costa pacífica en la frontera con Ecuador con una magnitud de 8,8. Un tsunami sobrevino. En Tumaco las olas alcanzaron los cinco metros de altura. Se estima que murieron quinientas personas.

Los sismólogos saben que a largo plazo estos eventos tienen un cierto ritmo que a corto plazo es más bien caótico y, dados los pocos datos disponibles, muy difícil de medir. Algunos estudios han sugerido que tres temblores de magnitud menor en 1942, 1958 y 1979 suman una repetición del de 1906. Hay discusión al respecto. Lo único cierto es que tarde o temprano volverá a pasar.

El plan de contingencia contra tsunamis de Tumaco, una ciudad con 170.000 habitantes, calcula que en caso de que un terremoto de 7,9 acompañado por tsunami golpeara la ciudad 14.000 personas morirían. Sin embargo, el último simulacro de evacuación general fue en 2010. ¿Están preparados sus habitantes? Probablemente no. Esto requeriría, además de infraestructura, un esfuerzo continuo de educación y práctica. El plan en papel nunca es suficiente. Por desgracia, el carácter difuso de la amenaza hace sentir que no hay urgencia. El golpe avisa, pensarán. Pésima estrategia.

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