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Juan David Ochoa 24 Mayo 2013 - 11:00 pm

Primera estación

Juan David Ochoa

Después de las décadas largas de una terca diplomacia en la obsesión por refrenar el monstruo apocalíptico del narcotráfico, después de las políticas inquebrantables del aplastamiento y la persecución, después de la sordera en la debacle sin fondo de los exterminios, la OEA acaba de emitir un comunicado urgiendo por el alza de la penalización ante el consumo de drogas.

Por: Juan David Ochoa
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 Un pedido nimio, miserable y tardío ante el pedido mayor, pero aplaudible y justo. Es la primera estación por la que tienen que pasar las diplomacias, lenta y serenamente, antes de lanzar el último grito en la zozobra y el naufragio y de aceptarle al mundo que la legalización ya no será precisamente del consumo, sino concretamente de la droga. 

Todas las generaciones prohibicionistas hasta hoy fueron inútiles, todos los métodos persecutorios se hundieron por su ineficacia. Todas las tácticas, los subterfugios y los eufemismos que intentaron los gobiernos para maquillar las derrotas bajo el mítico negocio del siglo, fracasaron. Hicieron más público el ridículo de su soberbia y entre el  tiempo de la tozudez se les coló la corrupción hasta podrirles el orgullo.

Sobre la misma terquedad, y sobre el mismo fracaso, Roosevelt legalizó el alcohol cuando la muerte a tiros entre gangters extinguió a Chicago y a sus poblaciones aledañas, porque el crimen y su férrea organización entre suburbios y métodos irregulares resultó invencible, y porque el único método eficaz contra la clandestinidad era imponerle el sello público del libre comercio a su producto maldito.

Exactamente igual, con el mismo argumento y con la salvedad de un numero infinitamente mayor de masacrados, el tiempo y su presión contra la absurda terquedad del control en Suramérica llevó a la OEA a decidirse ahora por la urgencia de un auxilio en la primera estación de la franqueza. Saben que el siglo no soporta más las consecuencias de un dique de papel frente a una turba enorme de vendettas y de muertos, saben que el índice de venta y de consumo es astronómico e inexpugnable, rentable, escurridizo y creciente. No pueden sostener ya más un anacrónico discurso de legalidad y de intereses    silenciosos sobre una historia que supera sus principios. 

Los índices de criminalidad ya deberían ser una perogrullada en un debate de lustros, pero ante la insistencia de los prohibicionistas, debe acudirse una vez más al historial de la infamia: las víctimas colaterales en EE.UU, el mismo país en que la OEA reside, superan las diez mil muertes anuales. Los carteles de la droga en Centroamérica son los causantes principales en más del 60 % de las muertes violentas. Cuarenta y cinco mil es el número que expone la guerra contra los carteles mexicanos, y el gasto anual de los gobiernos contra el monstruo impávido de los narcóticos excede el límite de la alucinación.

Todos los debates dispuestos hasta hoy por los gobiernos en el clímax de su desespero para despejar la enmarañada tragedia de la guerra sin fin, concluyen en lo mismo, o lo sugieren; la está perdida. Ha sido siempre exorbitantemente inútil, y ha resultado masoquista, sádica y fatal en la prolongación de su insistencia.

@Juandavidochoa1

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