Por: Piedad Bonnett

Primeras damas

La inclusión de Gauthier Destenay, el esposo del primer ministro de Luxemburgo, en la foto de “primeras damas” organizada en la sede de la OTAN en Bruselas no es un mero hecho pintoresco, como podría parecer, sino un símbolo de que los tiempos están cambiando para bien, pues no hace ni siquiera un siglo que Alan Turing fue condenado a castración por sus inclinaciones sexuales —un hecho que lo llevó al suicidio— y todavía hoy la homosexualidad se considera delito en 79 países en siete de los cuales puede acarrear pena de muerte. Pero la revolucionaria inclusión de Destenay como “primer caballero” es paradójica, pues la categoría “primeras damas” tiene mucho de obsoleto: se las concibe como meras acompañantes de sus maridos, o como personas dedicadas a labores de beneficencia o de asistencia social —como si eso fuera propio del cargo y del género— no importa cuál sea su formación o su desarrollo profesional. Por eso mismo es posible que a muchas de esas esposas el papel de “primeras damas” les pese como una lápida.

Lo que no hubiéramos pensado es que eso le pasara a Melania Trump, en apariencia tan frívola y poco inteligente y quien parecía desempeñar su papel tan a gusto. Sin embargo el doble desaire que le hizo a su marido cuando este quiso tomarle la mano, y ella lo rechazó con elegante disimulo —primero a su llegada a Tel a Aviv y después a su llegada Roma— ha dejado ver, para asombro de todos, una mal disimulada rebeldía, que nos lleva a pensar que en casa no es tan modosita y que tal vez permanece con ese burdo personaje sólo por salvar las apariencias. Lo mismo que alcanzamos a pensar que le sucedía a Lina Moreno por la cara de tragedia que mantuvo durante la segunda posesión de Uribe. Días después ella negó en una entrevista lo que parecía evidente, pero anotó con franqueza: “Él sí es muy ‘voladito’. Yo no voy a negar que es ofuscado y que es muy bravo…”. Y es que Uribe debe ser un toro difícil de lidiar.

Entre las primeras damas que se apartan de su anodino papel hay unas pocas que han destacado por su carisma, como Jackeline Kennedy, Michelle Obama o la mítica Eva Perón, idealizada por su pueblo por su muerte prematura y su posterior embalsamamiento; y una que otra envalentonada, como Zulema Yoma, esposa de Menem, o Marisabel Rodríguez, esposa de Chávez, que se divorciaron mientras sus maridos estaban en mitad de su mandato; pero lo corriente es que las recordemos por abusar de su poder, como a la siniestra Elena Ceausescu, condenada a muerte por genocidio y enriquecimiento ilícito, o a Imelda Marcos, a quien no sólo le gustaban los zapatos sino las joyas de precios inconcebibles, producto de una fortuna que, según Transparencia Internacional, se amasó en forma ilícita. A esa lista parecen sumarse en América Latina Rosario Murillo, la mujer de Daniel Ortega, extravagante y pintoresca, con su despliegue de abalorios y su mezcla de consignas marxistas con alabanzas a Dios y a la Virgen, y Nadine Heredia, esposa de Ollanta Humala, hoy procesada por la Fiscalía. Es verdad que la simpática presencia de Destenay en la foto pareció darle una significativa vuelta de tuerca al asunto, pero me temo que si somos consecuentes con las conquistas de la mujer, la figura de “primera dama” debería desaparecer.

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