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Francisco Gutiérrez Sanín 27 Dic 2012 - 11:00 pm

A propósito de un colombiano honorario

Francisco Gutiérrez Sanín

Murió esta semana Albert Hirschman, a quien reputo miembro del selectísimo elenco de grandes pensadores sociales del siglo 20. Entre estos, además, ocupa un lugar único por varias razones: principalmente porque constituye una combinación en teoría imposible de comprensión muy profunda y de optimismo irredimible.

Por: Francisco Gutiérrez Sanín
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¿Optimismo en el siglo pasado, con todas sus atrocidades? ¿No está asociado esto con lucidez sino con ceguera? Bueno, Hirschman las conocía bien. De hecho, las sufrió en carne propia. Como judío socialdemócrata tuvo que salir corriendo de la Alemania nazi para salvar su pellejo por un pelo. Y como economista del desarrollo se familiarizó con los horrores —materiales, pero también de mentalidad— del atraso. Nada de esto, empero, empañó su mirada clara y serena, apoyada sobre una profunda convicción intelectual: los problemas humanos se solucionan con medios humanos. Y estos, a su vez, generan nuevos problemas. No hay que exasperarse con tales encadenamientos inevitables, ni denunciarlos: hay que mirarlos a la cara, entenderlos, aprovecharlos. Gracias a poder sostenerle la mirada a las dificultades, Hirschman logró ser, en términos de políticas, un autor con una capacidad inigualada de proveer munición al arsenal reformista.

Me imagino que en nuestro medio —en donde el desplante, la estridencia y el mohín se consideran indicios insobornables de inspiración genuina— es difícil apreciar los paisajes tranquilos y soleados que nos ofrece Hirschman. Preferibles los grititos de un Cioran o un Zizek. El resultado lamentable es que nos hemos emperrado en ignorar a quien constituye, por muchos motivos, un colombiano honorario. Pues Hirschman se convirtió en Hirschman en nuestro país, sobre el cual por lo demás ha escrito piezas estupendas, entre otras cosas un resumen de los esfuerzos de décadas de reforma y modernización en el campo. Estuvo entre nosotros casi tres años, entre finales de los 50 y comienzos de los 60, y en algunas de sus grandes obras mantiene un diálogo explícito con algunos de nuestros escritores y publicistas más notables (el que más me gusta es el debate en Salida, voz y lealtad con Luis Eduardo Nieto Arteta, el destacado intelectual barranquillero, sobre la relación entre la riqueza de un país y su eficiencia. Para Nieto, ella era directamente proporcional; Hirschman, típicamente, veía razones para describirla como inversamente proporcional). Y su experiencia aquí está inextricablemente ligada a su énfasis en la complejidad, en observar los problemas desde todos los ángulos, en distanciarse de cualquier dogmatismo. No sólo supo burlarse de sí mismo, sino que hizo de la autorrefutación uno de sus tantos oficios alternos; pero esto ni le atrofió el gusto ni lo empujó al “todo vale”. Este tipo, ajeno a cualquier veleidad doctrinaria, podía ser tan feroz como cualquier otro frente a la estupidez o la erudición roma.

Alguna vez un amigo me hizo la siguiente observación: ningún analista social escribe más de un libro tolerablemente bueno. Todo lo demás es o anticipación, o repetición, o morralla. Cruel, pero bastante acertado. Una de las pocas excepciones que conozco es Hirschman, ese experto en subvertir las regularidades establecidas. Cierto: también él segregó la porción de basura que le tocaba. Pero, al contrario del común de los mortales, sacó tres o cuatro libros que han sobrevivido, y ya sobrevivirán, el desgaste del tiempo, y que lo único que tienen que ver entre sí es una visión antidogmática y una estupenda factura literaria. Atrévanse a leerlo. No encontrarán alaridos (que entre otras cosas tienen que ver más con el acné que con la vigilia). Encontrarán, en cambio, una explicación sistemática y tranquila de por qué determinados cambios son a la vez difíciles y necesarios. Que tal explicación sea hecha por un colombiano le agrega mérito a todo el asunto.

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