Por: Armando Montenegro

Prosperidad en melodrama

El peruano Avi Tuschman Presentó en Washington su libro Our political nature, en el que, además de sus ideas sobre la relación entre política y antropología, sostiene que gracias al aumento de la clase media, ha bajado la polarización política en América Latina.

Insiste en que se abre paso la moderación en esta región, al tiempo que pierden fuerza los extremismos de derecha y de izquierda. Añade que en las recientes protestas que se han visto en nuestros países no se exige el llamado cambio de estructuras y la muerte del capitalismo, sino cosas concretas para mejorar la vida de la gente.

(El fracaso del modelo Chávez, un caudillo que sí trató de arrastrar a su país hacia la Cuba del pasado, parecería confirmar la tesis de Tuschman. El desespero generado por una economía arruinada y una clase media empobrecida puede seguir siendo el caldo de cultivo de soluciones extremas).

La visión optimista de Tuschman parece ser el fruto de la ola de prosperidad que ha durado más de diez años en Perú: con un crecimiento del PIB del orden del 6% anual, el más alto de la región, se duplicó su ingreso en sólo una década. Allí, Toledo, García o Humala, beneficiarios del auge, en forma independiente de su pasado ideológico, al frente del gobierno, pasaron a ser administradores, más o menos de centro, de un modelo viable y exitoso.

La última novela de Vargas Llosa, El héroe discreto, también se contagió de ese clima de optimismo y prosperidad. Don Felícito Yanaqué es un cholo, hijo de un limpiador de basura, dueño de una pujante empresa de transportes de Piura. El conocido don Rigoberto, retirado de la gerencia de una compañía de seguros, vive cómodamente en Barranco, entre sus libros de arte, grabados y música clásica. El anciano Ismael Carrera, el dueño de la aseguradora, vende su firma a inversionistas italianos y asegura una cuantiosa herencia para su nueva esposa. En el telón de fondo, en Piura y en Lima, aparecen nuevos centros comerciales, barrios, vías y hoteles modernos, así como cines y restaurantes, con la bulla de la multitud que trabaja, devenga y se divierte.

Los conflictos no surgen de la pobreza y la carestía. Por el contrario, provienen del resentimiento de los hijos haraganes con sus padres responsables y prósperos. Todo hace parte de un divertido culebrón: el rico asegurador se casa con su sirvienta; Mabel y el hijo del empresario de camiones, amantes entre sí, tratan de extorsionar al pobre Felícito, también amante de Mabel; una adivina intenta vaticinar el futuro del camionero extorsionado; el adolescente hijo de Rigoberto alucina con un adulto que llora por problemas metafísicos. Los policías, entre ellos Lituma, son torpes, pobretones pero eficaces; los jueces, un poco corruptos; la prensa, sensacionalista y feroz. Al final, las cosas salen bien. Ganan los buenos y todos quedan contentos, incluso el viejo asegurador, quien fallece feliz, después de haber postergado su muerte para vengarse de sus hijos crápulas.

En el mundo de Tuschman y Vargas Llosa, el país sigue adelante, confiado, con una creciente clase media y una economía abierta y pujante. No queda memoria, casi, de la utopía demencial de Sendero Luminoso, del estatismo de los militares socialistas y la cleptocracia de Montesinos y Fujimori. Pocos se acuerdan de Mariátegui y de Arguedas. Muchos parecen felices, comiendo perdices.

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