Por: Oscar Guardiola-Rivera

La próxima fase

En su icónico panfleto de 2010, ¡Indignaos!, Stéphane Hessel recuerda que fue el ascenso del fascismo, y no la depresión económica que causó al fascismo, lo que radicalizó a su generación.

Dicha observación adquiere mayor significado hoy, cuando las políticas de austeridad empujan al sur del continente europeo hacia el abismo, el fascismo revive y la democracia se revela impotente.

En España, tras las escandalosas revelaciones acerca de pagos a miembros del partido de gobierno, la popularidad de los políticos y la política toca fondo. En Grecia, mientras que la izquierda opositora de Alexis Tsipras espera nerviosa las próximas elecciones, los ataques del grupo ultraderechista Golden Dawn en contra de mujeres e inmigrantes se multiplican. En Italia, el espectro de Berlusconi renace.

Entretanto, en el norte de África que se atrevió a soñar la primavera un año atrás, los jóvenes revolucionarios despiertan a una pesadilla: el asesinato del líder de la oposición izquierdista en Túnez, la represión violenta de la disidencia en Egipto. De uno y otro lado, el movimiento de protesta parece aislado, sumido en la obsesión horizontalista. Como sucedió con el radicalismo alemán de los 1840, al no ser capaces de transformar sus realidades políticas concretas, los indignados de hoy parecen conformarse con una revolución mental.

Para pasar de la revolución ideológica a la real, los jóvenes radicales de hoy tendrán que involucrarse con aquello que más detestan: la política parlamentaria, los compromisos y las negociaciones, la organización, la disciplina de partido, el arte de lo posible y la militancia imposible.

Aquí el paralelo ya no es con los 1840 sino con los 1930. El comienzo de la Depresión generó desconcierto, gobiernos y políticas disfuncionales, y luego, el auge de la ultraderecha. Sólo entonces, el temor al contagio produjo una oleada de progresismo y liberalismo, incluidos el New Deal de Roosevelt, el laborismo inglés y la estrategia del Comintern de alianzas entre izquierdas y liberales en los Frentes Populares.

Algo así tendría que ocurrir hoy en Europa, en África y en las Américas. En Colombia, el temor a un nuevo auge de la ultraderecha debería unir a progresistas de derechas e izquierdas durante y después de los diálogos de paz. En Europa, una situación similar podría ser el catalizador para ir más allá de la ocupación de espacios, y que en África se consolide un constitucionalismo popular.

Mientras la austeridad y el descalabro económico continúan su marcha, haciendo más difícil sobrevivir, el saber que nadie, pero nadie, sobreviviría al racismo genocida, la contrarrevolución violenta, el exterminio y la guerra, bien puede ser el principio que guíe la próxima fase de las transformaciones globales.

* Óscar Guardiola-Rivera

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