Por: Catalina Ruiz-Navarro

La prueba

“Desde mi ateísmo, las diez cuadras antes de llegar a retirar mi resultado recé diez padrenuestros”. Ese día Mariana volvió a confirmar que de nada le servía rezar.

“Lo primero que pensé fue ‘me voy a morir’. Lo primero que deseé fue ‘me quiero morir’. Mi diagnóstico de virus de inmunodeficiencia humana (VIH) lo recibí a los 20 años, lo adquirí a los 19 por transmisión sexual, con una pareja, se podría decir. Tengo la seguridad de que él sabia que vivía con VIH y no lo avisó. ¿Tenía que avisarlo? No sé. La mente humana es traicionera. Además, la responsabilidad de tomar cuidados en las relaciones sexuales es compartida”.

Mariana es mi amiga y lleva 10 años con el virus. La conocí hace 2 años en Argentina y desde entonces mi imaginario de la enfermedad cambió. Según el último informe del Programa de las Naciones Unidas sobre el Sida el 0,5% de las mujeres entre 15 y 24 años y el 0,8% de los hombres en ese mismo segmento de edad son actualmente portadores. En Colombia, según la quinta Encuesta Nacional de Demografía y Salud (ENDS 2010), el 73% de las personas tienen fallas en el conocimiento integral y exhaustivo del VIH-Sida. Es decir, no se saben cuidar. Estas cifras siempre han sido inquietantes pero no entendí cuán real es el riesgo del VIH hasta que lo vi en alguien cercano.

Este año me pasó lo mismo con Natalia, otra amiga, más joven que yo. Llamó a contarme que le habían encontrado células cancerígenas en el útero, provocadas seguramente por el virus del papiloma humano, que provocó 5600 nuevos casos de cáncer de cuello uterino el año pasado en Colombia. A mi amiga le sacaron a tiempo el tejido afectado y le dijeron que era poco probable que pudiera a tener hijos. Yo desde hace mucho tiempo me hago una citología anual pero siempre asumo que saldrá bien y a veces ni siquiera recojo los resultados. Aunque sé de la epidemia del papiloma, nunca creí, realmente, que pudiera pasarme a mí.

Ayer, cuando recogí los resultados de mi citología y mi examen de VIH, pensé en Natalia y en Mariana, en lo que ellas debieron sentir y en lo fácil que sería que yo pasara por lo mismo. En la EPS el médico me preguntó por qué me hacía la prueba, si acaso yo era promiscua o había estado en contacto con los virus. “No que yo sepa”, le contesté. Pero en realidad el médico me hacía una pregunta moral basada en la matemática fácil de que a menor número de parejas sexuales, menor riesgo de contagio. Monógama o polígama, para adquirir los virus basta una sola relación sin protección.

Todos hemos tirado sin condón más veces de las que estamos dispuestos a admitir en público. Por amor, por afán, por comodidad y hasta por necesidad. Una vez, o muchas veces ya entrados en gastos. Sabemos de esa inquietud a la mañana siguiente, de la pregunta que no se hace por cortesía y que termina en la decisión arbitraria de que no fue tan grave pues esa persona es ¿juiciosa?, ¿buena?, ¿decente? Todos motes que no la eximirían de una ETS. Mariana suele decirme que ella “no tiene cara de VIH”, y no se refiere a que es una chica bellísima y llena de vida, se refiere a que los virus no se llevan en la cara y ese es el prejuicio que lleva a muchos a contagiarse.

@Catalinapordios

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Catalina Ruiz-Navarro