Por: José Manuel Restrepo

Pruebas Pisa: “la culpa es de la vaca”

Jaime Lopera y Marta Bernal publicaron hace algún tiempo un texto fascinante cuyo primer capítulo hizo un recorrido sobre las razones por las cuales nuestra industria del cuero no era competitiva.

El estudio lo hicieron a través de una encuesta a los empresarios de dicha cadena productiva. El resultado real de la pregunta a los intermediarios de la industria arrancó endilgando la responsabilidad primero a las curtiembres, luego a los mataderos, luego a los ganaderos, hasta terminar concluyendo que la “culpa era de las vacas”.

Acordándome de esto, he querido oír los  argumentos de varios comentaristas, expertos y actores de política pública, sobre el resultado de Colombia en las pruebas Pisa. La conclusión a la que llego es que aquí también pasa, en sentido abstracto, que “la culpa es de la vaca”.

Me explico: el Gobierno les echa la culpa a los maestros, ellos le echan la culpa a la ausencia de una política de gobierno en educación. La educación superior señala que hay serias debilidades en la educación básica y media, y esta última les endilga la responsabilidad a las debilidades en la educación preescolar. Al final, esta última encuentra en las familias el problema de fondo. No faltan también los padres de familia, para quienes el problema está en las instituciones educativas, y seguramente éstas culparán al Estado por la falta de apoyo económico.

En simultánea, algunos  despistados encontrarán que las pruebas son expresiones del neoliberalismo y están mal hechas, otros señalarán que los resultados de la prueba adolecen problemas estadísticos de comparabilidad o que como se agregaron más países a la muestra, perdimos puestos al final.

La verdad es que ninguna de estas razones puede esconder un hecho: Colombia viene cayendo dramáticamente en los resultados, y ya han pasado 7 años desde la primera prueba Pisa en la que participamos, sin que haya resultados positivos. Una generación casi completa de bachilleres y ellos no saben aún leer. Pero con además serias deficiencias en matemáticas y ciencias. Eso sí, cuando se les pregunta a los estudiantes cómo les fue (antes de conocer el resultado de la prueba), la respuesta es que están satisfechos o felices con su desempeño.

Contrastan estas reacciones con la decisión de la ministra finlandesa de Educación, Krista Kiuru, quien inmediatamente recibió la información de que su país pasó del puesto 3 al 12, reconoció que eran muy “malas noticias” (el primer paso en un problema es reconocerlo abiertamente), pero más allá de eso tomó la decisión de preparar una Reforma a la Educación que involucra el cambio en los métodos de estudio y aprendizaje, y una preocupación adicional por el tema de la motivación en el aula de clases. Para mi sorpresa, además, convocó ya a padres de familia, maestros, estudiantes, actores de gobierno, empresas e investigadores a un trabajo mancomunado que permita implementar acciones concretas para mejorar en el corto plazo.

 En Colombia seguimos en la estrategia “de la vaca”, mientras que poco o nada hacemos por dignificar la tarea docente (mejorando en remuneración, diseñando una estrategia para atraer a esta profesión a los mejores bachilleres, exigiendo más en su formación universitaria y haciendo de la evaluación no una opción, sino un medio para el ascenso docente, así no le guste a Fecode), menos hacemos por lograr que la educación no sea un tema más sino uno esencial en la política pública, así como por destinarles recursos adicionales a programas que enfaticen en el liderazgo rectoral y a los recursos de infraestructura y tecnología para perfeccionar el proceso de aprendizaje.

 La entrada a los países de la OCDE no viene gratis, y no podemos seguir perdiendo posiciones con nuestros países hermanos de América Latina. Ya sólo superamos a Perú y seguramente no por mucho tiempo. El cambio es ahora y no puede aplazarse. Este no es un “campanazo de alerta”, sino un “campanazo de acción y voluntad política” (la alerta la tuvimos en 2006), y ya no existe ninguna excusa para hacer.

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