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Fernando Araújo Vélez 22 Jun 2013 - 9:00 pm

El Caminante

Puntos suspensivos

Fernando Araújo Vélez

Amalia le dijo que aquel cuaderno que le entregaba era de su abuela, que lo cuidara como si fuera suyo, y se marchó, pero los tiempos de los punks no concordaban con los años jóvenes de la señora, y tantos crujidos de huesos, tantos músculos rasgados, tanta sangre desparramada en un oscuro callejón, como decían los textos que página tras página lo aterraban más, no se correspondían con el aire de santidad que había cubierto a doña Florencia toda su vida.

Por: Fernando Araújo Vélez
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Con su bondad. Igual, pensaba él, también podía ser cierto que precisamente por ese aire de santidad la hubieran atacado los tres hombre sin rostro ni nombre que describían los textos. La letra, dedujo antes de terminar de leer, no era una letra de antes de la guerra. Ni las palabras ni los giros.

Los textos terminaban en puntos suspensivos, después de la descripción de una horrenda sesión de electroshocks. “Nunca supe si por fin había caído dormida, o si había muerto...”. O las dos, pensó Francisco, y cerró el cuaderno. “O las dos”, dijo en voz alta y pensó en doña Florencia y en Amalia. Las imaginó en las golpizas. Las sufrió, las lloró. Cada golpe, cada rasguño, cada “crujir de los huesos”, como decía en los textos. “Pero no”, se repetía, “no, no, no”. Abría el cuaderno, leía cualquier aparte; lo cerraba, caminaba, maldecía. Ni doña Florencia ni Amalia tenían rastros de locura, concluyó, “pero yo qué puedo saber”, se contradijo luego en murmullos . Él las había conocido después de los sucesos del cuaderno. Nunca les notó nada particular. Sin embargo, ahora que las repasaba, ahora que sabía tanto...

Dos semanas después de que Amalia le hubiera dejado el cuaderno, tocó a la puerta de su casa. Lo invitó a tomar un café. Conversaron de política, de la ciudad, del asesino sistema de transporte, del poco valor que se le daba a la vida en éste, el país más feliz del mundo. Francisco quiso preguntarle por los textos de su abuela, pero ella, como en un bolero, lo calló con un beso y se fue antes de que las palabras enturbiaran el momento. Volvió a aparecer dos meses más tarde. Otro café, otro beso. Dijo que estaba embarazada y huyó de nuevo. Un día de mayo, pasados dos años, lo llamó para que se vieran en su casa. Él le respondió que sí, por supuesto. Cuando Francisco llegó, Amalia le sonrió, le dio un beso más en la boca y le presentó a su marido. “Sólo quería que supieras que me había casado”. Entonces tomó su abrigo, una cartera, se despidió y se perdió en una noche repleta de besos con él.

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