Por: Armando Montenegro

Pura política

Los economistas Leopoldo Ferguson, James Robinson, Ragnar Torvik y Juan Fernando Vargas construyeron un modelo de economía política que es consistente con la tesis de que el presidente Álvaro Uribe disminuyó los ataques a las Farc al final de su segundo gobierno, después de la muerte de Tirofijo, la baja de Raúl Reyes y la liberación de Íngrid Betancourt (ver The Need for Enemies, www.nber.org/papers/wp18313).

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En lugar de avanzar hacia la aniquilación de la guerrilla, sus cálculos electorales y su obsesiva búsqueda de la reelección —sugiere el modelo— le habrían aconsejado que permitiera que la “culebra” continuara viva y que, ante esa amenaza, los colombianos cerraran filas alrededor de su nombre y lo siguieran respaldando, como su mejor capitán, en su lucha contra los alzados en armas.

Si terminaba con las Farc, el mismo Uribe, el guerrero, ya no hubiera sido indispensable. Con la paz, los colombianos habrían buscado un presidente con mejores calificaciones para impulsar el desarrollo social, la educación y la salud, el equilibrio regional, alguien que, obviamente, no era el irascible y fogoso señor del Ubérrimo.

La idea es sencilla. Cuando alguien es competente para realizar una tarea, una vez que la concluye, ya no es necesario, sobra. Los autores recuerdan que el electorado británico no reeligió a Churchill después del triunfo de la Segunda Guerra Mundial. Attlee era más adecuado para enfrentar los desafíos sociales y económicos de la posguerra.

Después de plantear su modelo matemático, de carácter general, los autores examinaron la evidencia estadística de Colombia. Analizaron las cifras de las acciones militares contra la guerrilla y confirmaron que esas operaciones efectivamente disminuyeron después de los tres grandes golpes mencionados. Lo más interesante es que los números indican que la reducción de las actividades antiguerrilleras fue más pronunciada en los municipios en donde Uribe realizaba sus consejos comunales, donde había votantes indecisos y donde necesitaba redoblar su actividad electoral. Los autores, además, realizaron varias pruebas para comprobar la robustez de sus resultados empíricos.

Del documento se podría concluir que Uribe jugó con astucia sus cartas electorales y militares (la que le frustró sus ambiciones fue, como bien se sabe, la Corte Constitucional). Como otros políticos en circunstancias semejantes, parecería que prefirió no terminar la tarea que se había propuesto con el objeto de intentar disfrutar, al menos por cuatro años más, las mieles del poder y la adulación de sus seguidores.

Las ideas del trabajo, por último, sugieren algunas reflexiones adicionales. En primer lugar, éstas apoyan la interpretación que ha sugerido el ministro de Defensa de que el deterioro de algunas cifras de seguridad comenzó desde el final del gobierno anterior (no fue el resultado de la salida del presidente Uribe y la llegada de un gobierno supuestamente más “blando”). En segundo término, refuerzan el argumento de que el expresidente Uribe trata de mantener su vigencia política con la promoción de sus capacidades bélicas, mediante el incesante señalamiento del deterioro reciente de la seguridad, enfatizando el hecho de que él es el “duro”, que sí sabe hacer la guerra, y con su oposición cerrada a cualquier proceso de paz (si ésta se alcanza, él y sus halcones saldrían de circulación).

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