Por: Cecilia Orozco Tascón

¿Qué dice el magistrado Malo, de la Corte Suprema?

Aunque se sabía, se oía, se comentaba en voz baja y se compartía de corrillo en corrillo en el Palacio de Justicia la corrupción en las cortes, queda uno sin aliento oyendo la confesión del senador Musa Besaile en La W, con Vicky Dávila (¡Pieza periodística de resaltar!). El congresista, uno de los políticos con mayor votación en la costa Atlántica y, por eso, consentido de los partidos tradicionales y de los personajes con necesidades electorales, admitió que el tristemente famoso exdirector anticorrupción de Néstor Humberto Martínez, Gustavo Moreno, lo extorsionó a comienzos de 2015 cuando este litigaba ante la Corte Suprema. Besaile aceptó también que le pagó a Moreno $2.000 millones para evitar su captura la cual sería inminente, según le habría asegurado el abogado, para obligarlo a entregar esa suma que sería “repartida con su equipo” y con “su papá”, al que Moreno identificó como el magistrado Leonidas Bustos, presidente de la corporación ese año. ¡Impactante el nivel de corrupción! Y absolutamente decepcionante para los ciudadanos de a pie que nos esforzamos por hacer de este país un lugar decente. Besaile, uno de los denominados “ñoños” del Congreso, afirma además que Francisco Ricaurte, el otro expresidente de la Corte implicado en las grabaciones de la DEA con sobornos a los procesados, se benefició de esta coima. Falta saber cuáles otros togados o funcionarios de la Fiscalía y de la Suprema hacían parte del “equipo” que habría recibido parte de los $2.000 millones.

Creo tener pistas: a finales del 2014 y comienzos del 2015, momento en que Besaile ubica el encuentro delictivo con Moreno, la investigación por parapolítica contra el parlamentario estaba —y sigue ahí— en el despacho del magistrado Gustavo Malo Fernández, mentor de Ricaurte en Cartagena al inicio de la carrera de este. Ricaurte le devolvió el favor a Malo apadrinándolo para su ascenso, de magistrado de provincia, a togado del alto tribunal en Bogotá. Entonces, el proceso contra Besaile era uno de los más antiguos pues databa del 2007 (proceso 27.700). Y no avanzaba. Reasignado al grupo de Malo, uno de sus magistrados auxiliares más reconocidos en la corporación por su seriedad y profesionalismo, se encargó del caso. Lo analizó aceleradamente, según se contó en la época, porque podía prescribir. En círculos de la Sala Penal se supo que el magistrado auxiliar, una vez conocidas las graves pruebas que pesaban contra el congresista, proyectó la apertura formal de investigación y la orden de su captura. Pero un togado auxiliar no puede tomar decisiones. Estudia sus fundamentos y los habla con su jefe, el magistrado titular, o sea, el doctor Malo Fernández.

No tengo evidencia de las conversaciones que sostuvieron el titular y su subalterno. Lo cierto es que la que habría podido ser una inminente detención de Musa Besaile se quedó en mera proyección, y que cuando el asunto no podía suspenderse por más tiempo, hacia el mes de junio de 2015, el magistrado auxiliar se vio presionado a renunciar a su cargo. Hasta el sol de hoy. Nada volvió a saberse del proceso, el penalista auxiliar salió del país y no ha sido posible encontrarlo. ¿Coincidencia con lo que ahora revela y confirma el parlamentario? Imposible saberlo, pero el magistrado Malo está en la obligación ética y social, si no judicial, de responder por este otro oscuro episodio de la Sala Penal de la Corte Suprema que lo implicaría a él, un togado activo en la Corte de hoy.

¡Ah! Otro pequeño detalle que añade señales: Malo integró a su “equipo” de trabajo a Carlos Bula (no confundir con el político del Polo ni su hijo), hermano de Alfredo Bula, gerente de Fonade en 2015, año del favorecimiento judicial a Besaile a cambio de la coima de $2.000 millones. Los Bula, Carlos y Alfredo, son amigos de infancia del “Ñoño” Elías. Y, por tanto, de Besaile. ¡Qué raro! Todos parecen bailar al mismo compás.

Entre paréntesis. Besaile parece haber dicho muchas verdades, salvo dos: 1. Sí hubo inmensa probabilidad de capturarlo; que no se hubiera efectuado es otra cosa. 2. Su decisión de entregar $2.000 millones revela, más que su inocencia, su temor a los hallazgos en el proceso: hay —o había— pruebas tan gordas que por eso su detención era una posibilidad real.

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