Por: Daniel Emilio Rojas Castro

Racismo latinoamericano

Hay un racismo latinoamericano. Denunciar la desigualdad y la violencia en los EE.UU., como lo hice en mi columna pasada, no quiere decir que en América latina estemos exentos de este flagelo.

El racismo es un látigo con el que nos castigamos a diario, un filtro que nos impide tener una visión serena y realista de nuestro propio pasado.

El canon facilista de que por aquí no hay racismo porque somos pueblos mestizos es tan absurdo como el delirio europeo de los pueblos étnicamente homogéneos.

En cada país latinoamericano se celebra la mezcla racial. Por lo menos una vez al año se canta el himno nacional y los niños escenifican una obra teatral en la que se ejemplifica el encuentro entre indígenas, negros y europeos, pero eso no impide que las ‘damas’ de Caracas y Cali posen para las revistas con mujeres negras vestidas de mucamas, ni que a pesar del canto general del pasado prehispánico en México, los indígenas sigan siendo una de las poblaciones más vulnerables del país, ni que en São Paulo se impida a los negros entrar al Shopping Iguatemi, ni que los porteños miren a las pieles morenas de Salta y Jujuy como el patio trasero que oscurece la límpida fachada del puerto, ni que en el Cauca una aristocracia arrabalera busque dividir el departamento en dos como si se tratara de una encomienda. Todo esto es una tristísima estupidez.

Hay un racismo latinoamericano y es terrible porque es silencioso y mojigato. La frase ‘no soy racista, pero…’ que se repite una y otra vez a lo largo del continente busca ocultar un conflicto racial y cultural tras una aparente tolerancia. A mi también me ha tocado el ‘no soy racista, pero es que los negros hacen mucho ruido’, o una perla que le escuché a un joven bogotano que jamás ha puesto los pies en un resguardo indígena, pero que decía al ver a unos vendedores emberas de artesanías ‘no soy racista, pero al verlos así me pregunto que tan lejos pueden llegar…’

¿No sería mejor aceptar de una vez por todas la existencia de los prejuicios raciales y las dificultades inherentes a construir una democracia basada en la diferencia, en lugar de negar el problema y permanecer en la comida posición del que lanza la piedra y esconde la mano? Por educación, por arribismo o por simple ignorancia muchos latinoamericanos nos discriminamos, nos segregamos y nos excluimos entre sí por el color, el linaje o el origen étnico. Ni las más sofisticadas investigaciones biológicas, ni el esfuerzo de declarar naciones pluriétnicas, ni la evidencia incontestable que provee la gama de colores de los rostros de los pasajeros de un bus han bastado para convencernos de que en nuestras venas no sólo corre sangre europea, sino también asiática, árabe, indígena y africana, ni de que fuera del ámbito biológico, el mestizaje es un asunto cultural.

Lo peor de toda esta historia, y esa es, a mi modo de ver, la característica dominante del racismo latinoamericano, es que lo vivimos como el pecado original que nos impide aceptarnos tal como somos. Es el mismo pecado que nos obliga a bajar la cabeza en los viajes a Nueva York, Londres o Paris a pesar de la arrogancia y la fantochería provincianas con las que nos comportamos en nuestros propios países. Este racismo no es el racismo de Austria o de Sajonia, que rechaza al extranjero que viene de afuera, sino un odio inveterado a lo que viene de adentro. Somos racistas porque nos odiamos a sí mismos. Esta es la triste conclusión.  

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