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Umberto Eco 17 Nov 2012 - 11:00 pm

La realidad como la conocemos

Umberto Eco

Sin duda que ya lo dije antes, pero lo volveré a decir: uno de mis deseos es ponerle fin a esta columna, al menos en su actual encarnación.

Por: Umberto Eco
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Cada tantas semanas tengo que conjurar un tema que aparente ser de actualidad, aun si lo que realmente quisiera hacer es volver a leer la obra de Píndaro y escribir (con bastante retraso) una reseña de sus poemas. En otras palabras, me gustaría hablar de libros que quizá se hayan olvidado, pero que pienso que sería “de actualidad” volver a leerlos. Podrían ser libros de hace siglos, aunque también me gustaría tratar obras contemporáneas que me he tardado en leer. Después de todo, no siempre se puede estar al día.

Hace poco leí L’Imaginaire, por Jean Jacques Wunenburger, que se publicó en Francia en 2003, y explora la idea de la imaginación individual y colectiva. Es difícil decir lo que la imaginación colectiva es, pero, con base en este libro, podemos al menos tratar de bosquejar una posible teoría. La imaginación colectiva no pertenece a construcciones de la razón, como la lógica, las matemáticas o las ciencias naturales, sino, más bien, a una serie de representaciones “imaginarias” que pueden oscilar entre los mitos antiguos y las ideas contemporáneas que circulan en cada cultura y a las cuales todos nos ajustamos, aun si son fantásticas, erróneas o indemostrables científicamente.

Si hemos de hablar de una imaginación colectiva para los mitos, sin duda que el Ulises de James Joyce es un ejemplo que domina nuestra forma de pensar. Luego están esas visiones sagradas, los discursos que se filtran en nuestra experiencia individual: es bajo esta lógica que Pinocho se nos vuelve más real que, por decir, el príncipe Klemens von Metternich de Austria u otros titanes de la historia. Y en nuestra experiencia cotidiana, es posible que, preferiblemente, sigamos las lecciones de la vida ficticia de Pinocho que de la vida real de Charles Darwin.

En alguna parte de nuestra imaginación colectiva están los personajes de Lemuel Gulliver y Emma Bovary. Está el joven Werther, cuyo suicidio ficticio supuestamente inspiró a muchos jóvenes lectores a quitarse la propia vida. Sin embargo, según Wunenburger también existe una imaginación gnóstica, alquímica u oculta. Hay “discursos” que moldean y dirigen nuestra forma de vivir, aun cuando no se los puede sustentar racionalmente.

La parte más interesante de este libro es el intento por explicar la construcción fundamental de la imaginación colectiva televisual. La televisión nos fascina con sus imágenes del mundo, algunas de las cuales son, presumiblemente, reales, como, por ejemplo, las coberturas informativas; podremos reconocer otras imágenes como ficticias, pero de todas formas las recibimos en nuestros mundos individuales. Hay cierta religiosidad en ello: Wunenburger escribe sobre un tipo de representación que experimentamos como una manifestación desacralizada de lo sagrado, en la cual “ya no es necesario creer en la presencia de lo que está más allá de la representación, debido a que la representación en sí misma es ya un simulacro de la presencia”.

En otras palabras (y esta es mi interpretación), hasta donde saben los telespectadores, ¿el pietaje del colapso de las Torres Gemelas es más real que la vista de un tsunami cósmico en una película sobre desastres?

“Mientras que la función de la imagen religiosa consiste en establecer contacto con un dios ausente, la imagen televisual se establece como una manifestación primordial”, escribe Wunenburger. Los héroes de la televisión y sus hazañas se transforman en una especie de mundo común dentro de la imaginación colectiva. Hay que recordar que hace cuatro años, un estudio reveló que un quinto de los adolescentes británicos creía que Winston Churchill era un personaje ficticio y más de la mitad pensaba que Sherlock Holmes era una figura histórica real.

O, para analizar el problema desde un ángulo totalmente secundario, se puede considerar esto: hubo una época en la que los sacerdotes italianos se negaban a bautizar a cualquiera al que no le pusieran el nombre de un santo del calendario. Si a una hija se le ponía Liberta o Lenino a un hijo, como sucedía en la región de Romaña, había que prescindir del bautizo.

Ya van décadas en las que hemos visto niñas a las que les ponen nombres como Jessica o Gessica, Samantha o Samanta, Rebecca o, incluso, Sue Ellen (al que he visto destrozado como “Sciuellen”). Esto no tiene nada que ver con ponerle a los hijos nombres refinados —Selvaggia, Azzurra, Oceano—, algo típico de los aristócratas, esnobs y acomodados. La clase media nunca se atrevería a adoptar nombres tan excepcionales. Jessica, Sue Ellen y Samantha, por otra parte, son nombres “reales”, sugeridos por la imaginación colectiva televisual. Son más reales que los nombres de los santos, que hoy parecen tan distantes de nosotros; son los nombres de los mitos que componen a la imaginación colectiva.

 

* Novelista y semiólogo italiano.

 

 

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manamuisca

Dom, 11/18/2012 - 13:01
acpero los peores imaginarios son sentimientos patrios optimistas o pesimistas , radicales sin medias tintas apasionadas tales como que somos los mejores olos mejores, las crerencias gubernametales de que sus actos traen progreso y prosperidad o de los cr´riticos y ecluidos que todos los del gobiernos son corruptos, autoritarios o por el contrario todos son buenos servidores úblicos
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manamuisca

Dom, 11/18/2012 - 12:54
se ve que la crisis económica y política de Belusconi, acercó la cultura y los imaginarios de los pobres colombianos con la aristocracia italiana, por que en tratándose de nombres pobre generaciones nominada con supuestos nombres sin ortografía ni ascendencia reconnocina como jeanneth , yaneth , yanet ,yané, estiven , stiven, jessica, yessica, yezika, iessica y aberraciones así por el estilo cunidos a apellidos ya no sólo de origen hispanos sino de otras lenguas hismanizadas como de peaupau traduce a popó, El esnobismo es la muestra de la miseria de la cultura, de una parte revive cierta rebeldía adolescencia que denota el mito de edipo rey , por ejemplo rechazar el circo con animales y los toros de lidia, mientras nada se dice respecto a peleas de perros, confrontaciones de kingboxing
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Boyancio

Dom, 11/18/2012 - 05:39
Si hay que agredecer en esta vida a los intelectuales su leida, súmele a lo que nos dice este señor Eco con tan fácil esfuerzo en esta su venida. No es por nada, ya quisiera uno tener una buena conversa con don Umberto en una parranda, y en los descansos del habla, sacar a bailar a doña Anaviky y darle la vuelta a la pista al son de un porro rastrillado en suavidad compartida, sea a lo bien apretado.
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Zarovni

Dom, 11/18/2012 - 01:53
Y pensando que no tenia tema lleno la cuartilla con pura caspa .carreta,caca,basura mencionando autores a diestra y siniestra y ya acabo y se lo gano
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Alberto V. Velasquez

Dom, 11/18/2012 - 01:28
Es increible pero a nosotros, los colombianos, nos sigue asistiedo la duda de que lo dicho es vacua carreta de un extraño italiano, en cambio, preferimos creer en este entramado de la televisocracia inventado alguna vez por allá en los 50's entre un general boyacense y su tufillo despóstico de único dictador de charreteras y el precoz atrevemiento de un ingeniero antioqueño -que jamás se imaginó que su esnobismo midisecular nos abría la caja de Pandora. Los colombianos comímos el pan de maíz primero en la radio, pero como lo dice maese Eco, esperamos 30 años para que la caja boba cogobernara nuestros destinos político e individual.
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