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Mauricio Botero Caicedo 1 Dic 2012 - 11:00 pm

Recetas del siglo XIX para el siglo XXI

Mauricio Botero Caicedo

En el sector agrícola, cuyo futuro se debate en estos momentos en La Habana, la guerrilla y sus voceros disfrazados de civiles siguen manteniendo el mito de que la “redistribución de la tierra” es el único camino para una paz verdadera. Dicho mito asume dos fenómenos —posiblemente válidos en los siglos anteriores mas no en el actual— y contiene dos premisas erróneas, premisas implícitas en el discurso de la subversión.

Por: Mauricio Botero Caicedo
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El primer fenómeno que no asimila la guerrilla es el del cambio demográfico. En Colombia, hoy, el 80% de la población es urbana y entre el 2020 y el 2030 lo será el 90%. Los grandes desafíos del país, es decir, la generación de empleo, la seguridad, la salud y la educación, están en las urbes donde van a vivir 45 millones de citadinos. No enfrentar esta realidad, más que un error de percepción, es el camino a una catástrofe social.

El segundo fenómeno es la transformación en una “sociedad del conocimiento” donde los verdaderos dueños de los “medios de producción” no son los capitalistas sino las personas (los trabajadores y los empleados), quienes individual o asociativamente van a labrar su propio camino a la prosperidad. Y si bien Marx con algo de razón argumentaba que la “alienación” del obrero se debía a que el capitalista era el dueño de los “medios de producción”, en el siglo XXI el conocimiento y las neuronas son verdaderamente los gestores de riqueza. La riqueza no radica en tener o no tener un “medio de producción”, sino en la educación y el esfuerzo. En un mundo cada vez más urbano prima la economía de servicios y en estas empresas el porcentaje de los ingresos que va a parar en manos de los empleados es cada vez más alto. Ello es evidencia del triunfo —en el siglo XXI— del talento sobre el capital.

La primera premisa que el discurso de las Farc implícitamente acarrea es hacer creer que, de darse una redistribución de las tierras, la paz (o ausencia de violencia) va a reinar entre los colombianos. Según la Policía Nacional, sólo el 10% de la delincuencia está asociada al conflicto, y las acciones guerrilleras afectan apenas al 5% de la población. Hay infinitamente más homicidios ocasionados por riñas, intolerancia o vandalismo que por acciones bélicas; y más hurtos, robos, extorsiones y secuestros extorsivos perpetrados por delincuentes que por guerrilleros. El que crea que en un eventual acuerdo el negocio del narcotráfico va a desaparecer no entiende ni la raíces, ni los detonantes que mueven esta actividad. La abrumadora mayoría de la violencia es perpetrada por pandillas y bandas criminales, generalmente urbanas (“microtraficantes”, “apartamenteros”, “desguazadores de vehículos”) que no tienen conexión alguna con el conflicto.

La segunda premisa errónea implica que —con sólo modificar la propiedad de la tierra— el campo va a florecer. Hoy en día, cuando en la agricultura moderna tiene más peso la inversión inicial, las necesidades de capital de trabajo, y los gastos de comercialización y venta, que el costo de la tierra, la propiedad deja de ser el factor determinante. En Argentina, uno de los principales productores agrícolas del mundo, el 80% de los cultivos de maíz y soya está en tierra arrendada. “Lo primordial no es”, como lo reseñaba un reciente editorial del diario Portafolio, “repartir tierras a diestra y siniestra, sino poner en marcha los mecanismos para que la producción aumente y con ella los ingresos de quienes habitan en la áreas rurales”. La discusión de la propiedad de la tierra, en el siglo XXI, ha dejado de ser relevante.

Es difícil ser optimista cuando en La Habana lo único que ponen los negociadores de las Farc encima de la mesa son recetas a problemas del siglo XIX, cuando ya desde hace muchos lustros Colombia y el mundo están inmersos en pleno siglo XXI.

  • Mauricio Botero Caicedo | Elespectador.com

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