Por: Juan Carlos Botero

Recordando a William Faulkner

En noviembre de 1944, en una carta dirigida a Malcolm Cowley, William Faulkner escribió: “Aún estoy tratando de meter la historia de la humanidad en una frase”. Esas palabras captan la ambición desmesurada de este maestro colosal que nació hace 120 años: el deseo de decirlo todo, de abarcar el universo entero, de ser Dios. Al igual que Balzac, que construyó un mundo con su Comedia humana, Faulkner se propuso algo similar, y cada página que escribió fue una pieza del gran rompecabezas que estaba creando en su mente. “Entonces construí mi propio cosmos”, le explicó a Jean Stein vanden Heuvel en su entrevista de The Paris Review. “Puedo mover estos personajes de un lado a otro como Dios, y no sólo en el espacio sino en el tiempo también”. En efecto, de esta intención totalizadora surgió una de las regiones más famosas de EE. UU.: el condado de Yoknapatawpha. El nombre es de origen indígena y significa “el agua discurre lentamente a través de la planicie”. Se trata de un territorio tan real que mereció un detallado mapa al final de la obra maestra Absalom, Absalom!, en el cual el novelista precisó su extensión de 2.400 millas cuadradas, su población de 6.298 blancos y 9.313 negros, y una nota marginal escrita en la letra menuda del autor: “William Faulkner, único dueño y propietario”.

Años después se supo que la creación de este cosmos fue una labor titánica. Faulkner tuvo uno de los inicios de carrera más extraños de la literatura. A diferencia de Truman Capote, que a los nueve años tenía clara su vocación de escritor y a los 21 era famoso, y de Victor Hugo, que antes de cumplir 15 años había escrito miles de versos, Faulkner jamás pensó en ser escritor. Nació en New Albany, Mississippi, en 1897, y cuando estalló la Primera Guerra Mundial, él no pudo ingresar en el ejército por falta de estatura, de modo que se marchó a Toronto en donde fue aceptado en la Fuerza Aérea de Canadá. Después hizo un año de estudios universitarios, y luego fue carpintero, pintor de casas y administrador de la oficina de correos de la universidad, pero lo despidieron por leer durante las horas de trabajo.

En esa época el joven se hizo amigo de uno de los grandes autores del momento, Sherwood Anderson. Ambos vivían en Nueva Orleans, y juntos paseaban por la ciudad en las horas de la tarde para conversar con la gente. Faulkner sabía que en las mañanas Anderson se encerraba en su cuarto a escribir, y le llamó la atención ese estilo de vida tan agradable, de manera que lo quiso ensayar a ver si le gustaba. Así comenzó su primer libro, y la escritura le pareció “un ejercicio divertido”. Luego de tres semanas, en las que no había vuelto a ver a su maestro, llegó Anderson a su casa y le preguntó si estaba enojado con él. Faulkner explicó: “Estoy escribiendo un libro”. Anderson respondió: “Dios mío”, y se marchó. Después, al concluir la obra, que sería Soldier’s Pay, Faulkner se encontró con la esposa de Anderson y ella le dijo: “Sherwood dice que si él no tiene que leer su manuscrito, le dirá a su editor que acepte publicarlo”. “Trato hecho”, dijo Faulkner. Así comenzó su carrera literaria, una de las más ricas e influyentes del siglo XX, y en 1949 obtuvo el Premio Nobel de Literatura. La suya fue una vocación insaciable, y al igual que todas las grandes, sólo la muerte la pudo detener.

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