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Reinaldo Spitaletta 22 Abr 2013 - 11:00 pm

Sombrero de mago

Reelección non sancta

Reinaldo Spitaletta

¡Cómo nos cambia la vida!, dice algún tango. Hoy, si alguien cuestiona al presidente Santos, entonces es uribista.

Por: Reinaldo Spitaletta
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En los tiempos sombríos del señor del Ubérrimo, el que se atreviera a criticarlo, era “terrorista” o “guerrillero con traje de civil”. El caso es que uno y otro, con sotanas de distinta marca, son sacerdotes del neoliberalismo, un modelo económico y político que desde hace años ha sumido al país en la ruina y a la mayoría de la gente, en la miseria.
Uribe, por ahí, entre sus áulicos, bravuconea con que su camarada de falsos positivos y otras patanerías, no calentó sus huevitos. Y así pone al primo del presidente (que fue su vicepresidente), un periodista venido a menos, a vociferar al respecto: “Le advertí a Uribe que Santos lo iba a traicionar”, y de ese modo unos y otros van agregando ingredientes a una situación que si no fuera por tantas desventuras ocurridas al pueblo colombiano tanto en los ocho años del señor de los caballos, como en lo que va corrido de este cuatrienio, se convertiría en libreto para una mediocre ópera bufa.

Como ya es hora de ir calentando la campaña electoral, se nos dejó venir el presidente con un cuento reforzado: que no aspira a la reelección pero que sería muy bueno si se pudiera quedar dos años más en el gobierno. Después, que el período presidencial sea de seis años. Tan divino, diría cualquier señora. El caso es que, si Uribe quería reelección para combatir a la guerrilla, Santos la necesita para, según él, continuar el proceso de paz.
Con una y otra propuesta se ha manipulado a todos: a los que han sufrido desde hace más de cincuenta años el conflicto armado (aunque el primo de Santos dice, como muñeco de ventrílocuo, que aquí no hay conflicto armado), y a los que aspiran, por qué no, a que haya una salida política y negociada a tan espantoso desangre.

Así como el “imprescindible” sujeto, al que alguno de sus paniaguados calificó de “inteligencia superior”, no pudo acabar con las guerrillas, el que fuera su ministro de Defensa aspira a la paz con las mismas. Y en este negocio funda las posibilidades de su reelección, aunque diga que solo se trata de que le otorguen dos años de gracia, lo cual, de todos modos, sería una desgracia para el pueblo.

Porque, viéndolo bien, no es simplemente una reelección de un individuo, sino, como es fama, de un modelo económico y político: el mismo que defendió Uribe; el mismo de los Pastrana y Samper y Gaviria…; el mismo que ha feriado al país y entregado la riqueza nacional a las corporaciones transnacionales; el mismo que ha creado desempleo y pobres a granel. Ese modelo está en crisis en Europa y en todas partes, pero el señor presidente aspira a reelegirse para continuarlo en Colombia.

¿Es un modelo que garantiza la paz? No. Al contrario, por volver a los pobres en más miserables, y a los ricos en más afortunados, promueve la guerra. Y la injusticia social. Es un modelo que transmutó en desamparados a miles de millones de personas en el mundo. Y aquí en Colombia, ni se diga. Cuando el presidente Santos menciona -sin reírse- “prosperidad para todos”, debe estar pensando sólo en banqueros y en unos cuantos magnates.
En los últimos decenios, por no decir toda la historia republicana, aquí han reinado los que impusieron políticas de exclusión, de dominación sobre la gleba, y, además, guerreristas y criminales. Los que se apoderaron de la tierra, los que diseñaron malvadas tácticas para desplazar campesinos, los que erigieron un país de inequidades, para gozar ellos de sus mieles y riquezas, y hundir a la masa en la desesperación y todas las amarguras.

¿Y estas bellezas son las que hay que reelegir para un presunto manejo del postconflicto? ¿Reelegir a los que han defendido a ultranza la acumulación de las riquezas en pocas manos? Como lo dijo Clara López: “la paz supone un cambio de modelo económico y una renovación política democrática”. Pero a lo que aspira Santos es a prolongar el estado de privilegios de unos pocos, para que las carencias de la mayoría sean bandera política de promeseros y demagogos, como él. Qué cosa.

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