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Arlene B. Tickner 26 Mar 2013 - 11:00 pm

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Reflexión postsecular de Semana Santa

Arlene B. Tickner

Los derechos de los homosexuales atraviesan tiempos movidos.

Por: Arlene B. Tickner
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Esta semana la Corte Suprema de los Estados Unidos analiza la constitucionalidad de la Proposición 8 y del Acta de Defensa del Matrimonio, que prohíbe el matrimonio entre personas del mismo sexo en California e impide al gobierno federal reconocer cualquier unión homosexual, respectivamente.

Hace pocos días París fue testigo de violentas manifestaciones en contra de un proyecto de ley aprobado por la Cámara Baja que permitiría tanto matrimonios como adopciones entre toda pareja, propuesta que avaló recientemente el Parlamento británico. Y en Colombia el Congreso intenta reglamentar el tema en medio de la oposición de quienes tildan a la homosexualidad de “enfermedad contagiosa”.

Son variaciones distintas sobre la misma cuestión: ¿existen circunstancias que justifiquen que las democracias nieguen a ciertos sectores de la sociedad (usualmente minoritarios) los mismos derechos de los que gozan los demás sectores? ¿Con base en qué argumentos? Un famoso debate sostenido en 2004 entre el filósofo Jürgen Habermas y el entonces cardenal Joseph Ratzinger, sobre los fundamentos prepolíticos (es decir, religiosos) del Estado de derecho, aporta respuestas interesantes.

Aunque Habermas defiende la legitimación del poder político desde una perspectiva secularizada, posibilidad que Ratzinger termina por descartar, también reconoce los límites que ésta puede tener como cimiento en un mundo plural y fragmentado en donde coexisten múltiples tradiciones religiosas, eticidades y tendencias sexuales. Al intentar aislar a la esfera pública del efecto “contaminante” de la religión, el secularismo moderno occidental corre el riesgo de discriminar a posiciones distintas a la suya. Dado que pretende ser la fuente única de razón pública que oriente todo ciudadano, independientemente de sus creencias personales, la noción secular del Estado puede ser tan excluyente como las religiones dogmáticas.

Por ejemplo, la prohibición del uso del velo por parte de alumnas musulmanas en los colegios públicos de Francia, producto de un laicismo extremo, resulta tan intolerante ante la diferencia cultural y religiosa como la obstaculización del ejercicio del derecho al aborto en Colombia con base en la objeción moral, pese a la validación constitucional de éste.

Para Habermas y otros teóricos, como William Connolly, lo anterior apunta a la necesidad de construir pactos políticos “posreligiosos” y “postseculares” que garanticen los derechos de todo grupo, sobre todo los minoritarios, así como el diálogo entre múltiples y a veces contradictorias formas de vida en condiciones de igualdad. Algo similar a lo que el teólogo Hans Küng, desde la esfera de la religión, ha llamado un compromiso ecuménico global en reconocimiento del fuerte pluralismo que caracteriza al mundo. Un orden sociopolítico así concebido obra para que ningún sector imponga su voluntad sobre la de otros, incluso cuando es mayoría. En el caso de los derechos homosexuales, conlleva la necesidad de reconocer que pese a que el matrimonio y la adopción gay incomodan a algunos, la democracia genuina exige que las leyes tengan que fundamentarse con algo más que el simple prejuicio.

  • Arlene B. Tickner | Elespectador.com

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