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Lorenzo Madrigal 4 Nov 2012 - 11:00 pm

Regresan los partidos

Lorenzo Madrigal

No es un asunto de póco interés que se hubiese postulado como jefe natural del liberalismo al presidente Santos, de la más pura raigambre de ese partido histórico.

Por: Lorenzo Madrigal
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Se había pronosticado, se había predicho que la tal “U” era sólo un embeleco transitorio, una agrupación de distintos orígenes, concentrada en torno de un líder que devino carismático y que le dio hasta la inicial de su apellido al movimiento. Nada más personalista.

Se reúnen en convención para demostrar que esa facción política se halla resquebrajada, tanto que ni siquiera soportó la presencia simultánea de sus dos más emblemáticos jefes. Llegó el expresidente, el que puso la “U” de su primer apellido, habló con furia y se marchó; entró luego el presidente, fundador del movimiento y el único que tuvo su real aval para la candidatura presidencial, se salpicó de confetis, habló después de sus ministros, y se cerró el acto político.

Es la división del grupo en grupúsculos, ni más ni menos. No hay cohesión ideológica, sólo personalismos alrededor de un tema puntual de última hora, unos a favor, otros en contra: las conversaciones de paz. Cubrir al mandatario con la inmensa colcha del liberalismo histórico, de tanto arraigo que lo puede presidir hasta un muchacho, es tenderle en el momento oportuno el cobijo necesario. El expresidente Uribe no se ha ido, pero se va de su llamada y antes amada “U”. Y el mandatario en ejercicio es acogido por la historia de sus ancestros, por la de quien fuera jefe único del Partido Liberal en el año 47 y le entregara las llaves de la colectividad al ganador en elecciones, su antinómico pero triunfante Jorge Eliécer Gaitán.

La “U” bien podría quedar en poder de alguien como el senador Roy Barreras, hombre relativamente nuevo en la vida política, sin arraigos conocidos, a quien le queda bien —no tanto a Juan Lozano ni quizás a Plinio Olano— presidir ese ente impreciso, punto de encuentro de distintos descarriados de los viejos partidos, que buscaron en un solo hombre razones de seguridad para la República.

Es posible que en el conservatismo, que también existe, pero marginalmente, ocurran hechos parecidos, aunque sin las riendas del poder, sin mayorías parlamentarias, asociado con el grupo amorfo de la “U”, sus posibilidades de renacer son mucho menores.

De todos modos, el ocaso del grupo o partido de gobierno durante ocho años —la reelección inmediata del mandatario fue definida judicialmente como “desvío de poder”— es diciente y acusa la transitoriedad de aquellos intentos ambiciosos de gobernar y perpetuarse.

***

Cuánto mejor la tolerancia, la alternabilidad democrática, la diversidad de todo género y que los niños, como enseña maliciosamente el presidente, se formen en ello y no les salgan a sus compañeritos con frases como: “ ¡le voy a dar en la cara…!”.

 

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