Por: Valentina Coccia

Regreso a Comala

Después de tantos años de leer con tanta aplicación, de acumular libros en los escaparates de mi casa, de disfrutar de su reposo en las estanterías de mi biblioteca, puedo decir que ya me encuentro en la etapa de releer ciertas obras con obstinado ahínco. Releí muchos de los cuentos de Chejov, La metamorfosis de Kafka, El retrato de Dorian Gray, El gran Gatsby y otras obras que en su momento representaron el universo para mí. En esta etapa de relectura es hora de preguntarle a estos viejos libros qué otras cosas tienen para decirme, o qué más cosas pueden mostrarme que antes hubieran pasado desapercibidas ante mis ojos.

Por estos días se cumplió el centenario de Juan Rulfo, autor de Pedro Páramo, una de las obras cumbres de la literatura latinoamericana. Para conmemorar semejante evento, se me ocurrió volver a Comala, ese universo terroso, polvoriento, desolado y lleno de murmullos que Rulfo recreó en su inmensa novela. Mi paso por Comala había sido hace ya unos diez años, cuando empezaba la universidad. Entonces la obra me había generado cierta perturbación y había dejado una huella imborrable en un alma tan impresionable como la mía. Hoy en día regreso a Comala como Juan Preciado, como ese hijo pródigo que, alimentado por la curiosidad de viajar al pasado, se encuentra a la vez con la familiaridad y la extrañeza.

A Rulfo se le atribuye el gran prestigio de recrear lo universal a través de lo local, pero muchas veces la exaltación de lo local que los críticos le han atribuido a su obra ha imposibilitado vislumbrar el brillo de hechos, emociones o visiones que a todos nos atañen. En esta segunda lectura, he logrado encontrar algunas de esas características que han hecho de Pedro Páramo una obra que trasciende más allá del desierto, más allá de la tierra de Jalisco donde el autor nació. Y es que la novela, más que mostrarnos los parajes y las penas del México del siglo XX, nos muestra el poder inmenso que tiene el recuerdo y la fatalidad incólume que se oculta en el olvido.

De hecho, una de las impresiones más vivas que me ha generado esta relectura es el poder que tienen las palabras de Rulfo sobre la memoria. Después de diez años, al abrir el libro, me di cuenta de que me acordaba perfectamente de ese comienzo, de ese “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”, o de esa descripción topográfica que con una sola embestida inunda el pueblo de calor, pues Comala es “aquello (que) está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno”. Esa implícita voz que habla con tanta potencia se transforma en la polifonía de la novela haciendo de Comala lo que es: un universo desierto, lleno de tierra, pero habitado por miles de voces que, briosas como la voz de Rulfo, murmuran y recuerdan, dándole un sentido a una tierra sin nombre y a ese rincón del mundo abandonado por Dios. Rulfo nos muestra el impacto que las palabras y que las historias tienen sobre la memoria personal o colectiva, pues en ese mundo plagado de abandono, al final las palabras son lo único que subsiste y que le da forma a ese lugar habitado por la soledad.

Además, la obra de Rulfo es tal vez una de las pocas obras que además nos muestran el lado más aterrador de la muerte: el miedo a no subsistir en el mundo ni siquiera a través de los recuerdos. Rulfo trasforma dicho temor en las infinitas alegorías que crea alrededor de la sepultura. De hecho, en Comala no solo hace calor, sino que además los caballos y las cerretas levantan el polvo al pasar, dejándonos la cara y los ojos llenos de tierra, como invitándonos a la tumba, como empapando nuestro cuerpo de la tibia estancia de la muerte. Y las lluvias que en tantas tardes asedian inoportunas el silencio del pueblo humedecen la tierra convirtiéndola en lodo, ese barro que unta nuestro cuerpo sin el menor escrúpulo, enterrando nuestras partes en lo más hondo del olvido. En esa tumba en la que los rostros se deshacen en la podredumbre, solo puede abrirse a través de los recuerdos y de los murmullos, que llenan el estertor vacío y oscuro de la tierra. Los cuerpos, ya deshechos por la descomposición, padecen el encierro cubiertos polvo, y la muerte, que también atrapó a Pedro Páramo, hace de Comala una prisión que condena a sus caídos al olvido absoluto. De hecho, Pedro Páramo, al morir, “dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras”, condenando a los habitantes de este universo al mísero abandono, a la putrefacción del cuerpo, a la sequía de la tierra, y a la prisión de la muerte.

Regresar a Comala, volver a recorrer sus caminos, sentir la alevosía de las sombras, las súplicas de piedad, el ruido de los recuerdos que atormentan a los habitantes, nos invita a oír nuestras propias voces, a las voces de los nuestros, que a veces se pierden en los lamentos del ayer. Pero sobre todo, el regreso a Comala nos enseña que solo volviendo a la memoria podemos salvar a nuestros muertos, a las víctimas de tantos mundos y de tantas violencias, de caer como piedras en la prisión del olvido.

@valentinacocci4

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