Por: Carolina Sanín

Reinas y reinas

VI EL REINADO NACIONAL DE BELLEza buscando el consuelo de la indignación, que me fue elusivo.

Quizás es que, para producir indignación, el concurso habría tenido que contrastar con una realidad distinta de él, y lo que vi fue sólo la constatación de la misoginia colombiana, una condición normal y cotidiana. Lo que la televisión mostraba no era denigrante sino apenas aquiescente: aquellas mujeres interpretando personajes ingenuos y artificiales, imaginados por hombres temerosos; adultas jugando a ser niñas que juegan a ser adultas y que, entre tanto, se prestan a la farsa de una monarquía femenina como alegoría de la discriminación de las mujeres en la vida republicana. De una de las candidatas se decía en la prensa que “sus rasgos indígenas la ayudaron”, de otra que tenía “baja estatura y el cuello muy corto” y de otra que tenía “cara de papaya calentana”. Y en una revista se imprimió una foto de las “niñas”, todas con el mismo vestido, alrededor del presidente Santos, Belisario Betancur y Felipe González: la vulgaridad rubricada por el poder.

Hay que admitir que la idea de los cuerpos como estandartes de territorios ofrece cierto interés intelectual, y que el drama del concurso, con su concepto de destino (“lo que es para uno es para uno”, decía suspirando la ganadora), con la tensión provocada por las envidias que están en juego, con el suspenso de las finalistas que van reduciendo su número, y con su cadena de representaciones (“elegí un traje que representara mi personalidad”) teje una especie de narrativa que, en un día lábil, habría podido arrancarme una lágrima. Sin embargo, me es demasiado familiar su vanidoso sistema de clasificaciones: es el mismo que prevalece en todos los ámbitos de la cultura nacional y que se constituye en burdo edificador de cánones estéticos (ya juzguen éstos tetas o novelas).

Justamente el día antes del reinado vi en acción ese sistema en la primera página de este diario, donde se mostraba la foto de los principales (¿candidatos? ¿elegidos? ¿finalistas?) escritores de Colombia, quienes, por cierto —y como ya apuntaron otros—, resultan ser todos hombres y blancos. Pues bien; como las mujeres colombianas servimos eminentemente para juzgar de peinados y pintas, me permití hacer mi propio reinado con la foto.

En el centro aparece Antonio Caballero, que es un rey y no sólo por ser el más guapo. Junto a él, por supuesto, se sentó Juan Gabriel Vásquez, con un mohín de celosa virreina y una pose ensayada para imitar a Proust, que más bien le salió a Wilde. Luce meditabundo. Estará pensando que, en su gira por Francia, será sensacional conocer a escritores importantes para tener tema para sus columnas. Luego están Tomás González y Evelio Rosero, otros de mis favoritos aunque, con su bufanda de lana y su melancolía rulfiana, Evelio se haya llevado el premio al peor traje típico. Atrás está Gamboa, con mirada de determinación a pesar de haber sido eliminado por el desatino de ponerse suéter con corbata. Lo abraza Héctor Abad, que sale canchero y chiquito, como si estuviera lejos: como si ya fuera ex reina. Luego viene Gonzalo Sánchez, que nunca ganará por no usar retoques. Roca aprovechó para abrirse la camisa un botón de más, a ver qué tan sexy. Lo codea William Ospina: meritorio es el rizo cuando crece en calvicie. Y en la esquina aparece Vallejo, pero quiero pensar que es un montaje; que él no permitiría que le tomaran esa foto de irrelevante película de Tom Ford.

Lo que no se les ve y que yo sé, salvo de mis cuatro o cinco favoritos, es que, en su afanosa carrerita por salir en la foto, estos finalistas se desprecian mutuamente con la entraña, lambonean de lo lindo y hacen cada pequeña zancadilla que pueden, igual que sus equivalentes, las candidatas del Reinado de Belleza.

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