Por: Juan Carlos Botero

Reinterpretando a Donald Trump

Hace muchos años entendí una idea liberadora: que nuestras vivencias nos impactan de una forma u otra según cómo las interpretamos, y lo que de veras importa es que nosotros somos libres de escoger esas interpretaciones. Lo primero es obvio; lo segundo, no tanto. Más aún, no es lo que se suele creer. La gente piensa que su interpretación es única e involuntaria, y que cualquiera, ante una situación similar, la interpretaría (y viviría) de la misma manera. Pero no es cierto. La forma en que las cosas nos afectan depende menos de lo que nos pasa que de cómo escogemos interpretar esos hechos. Es decir: somos libres y, además, responsables de la manera que vivimos nuestras experiencias.

¿Esto qué significa? Que podemos escoger la interpretación que más nos conviene. Y esto es lo que resulta liberador. Claro, no es tan fácil como suena. No basta decir viviré de manera alegre esta tragedia para que así sea, pero sí tenemos cierto control sobre nuestras interpretaciones. Y una buena prueba de esto me pasó con la elección de Donald Trump.

Cuando Trump ganó la Presidencia, me sentí desmoralizado. Yo no podía creer que una democracia tan avanzada había elegido a un ser tan aborrecible. Sus defectos no eran ambiguos o sutiles, sino grotescos y saltaban a la vista: un bufón racista y misógino, con ínfulas de dictador y con los modales y la moral de un mafioso. Para rematar, era un mitómano impulsivo que había demostrado una ignorancia total sobre cada tema de importancia, incapaz de manejar un país y mucho menos una potencia mundial.

Como digo, después de su triunfo quedé aplastado. Pero al cabo de un tiempo tuve que aceptar su victoria electoral. Y como yo no deseaba seguir deprimido y menos por cuatro años, y como yo tampoco podía cambiar la realidad (el payaso era, me gustara o no, presidente), sólo me quedaba cambiar de interpretación.

Ahora, por el contrario, sonrío con cada estupidez que comete Trump. Celebro cada fracaso, como su muro infame, su prohibición de ingreso de musulmanes a EE.UU., sus torpezas diplomáticas con Australia, México, Canadá, China y Alemania, sus horrendos asesores y ministros, la caída de Flynn, el hecho de que siga tuiteando como un chico rabioso, o que no ha logrado pasar una sola iniciativa legislativa, sus escándalos con Comey, sus conflictos de interés, y ahora los secretos de Estado balbuceados a Rusia como Cantinflas. En vez de amargarme, cada disparate me confirma que quienes votamos en su contra teníamos razón. Y aunque me aterren, porque cada error lo sufriremos millones de personas en todo el planeta, también me alegran, porque veo que los hechos se encargarán de desprestigiar estas políticas, de invalidarlas y de sepultarlas, ojalá para siempre. Ahora sus fiascos, en vez de desalentarme, me alivian porque pienso que nos acercan a un futuro mejor.

¿Qué otra opción tenemos quienes repudiamos a este canalla? Hay que combatirlo, y escribir en su contra, y hacer lo que sea para limitar el daño de sus errores, pero, entretanto, podemos sonreír con sus sandeces, como pruebas de que teníamos la razón, y con la esperanza de que, incluso sus compinches más miopes, comprendan que es mejor saltar al agua que irse a pique con su furioso y narcisista capitán. Así, al menos, podremos vivir estos años con una sonrisa en la cara.

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