Por: Francisco Gutiérrez Sanín

¡Qué relajo!

El fallo de la Corte de La Haya ha desatado una dinámica confusa, en la que cualquiera puede pescar en río revuelto. El péndulo de la opinión ha dado un giro brusco, y ahora de nuevo el Gobierno está contra las cuerdas, un poco como sucedió durante la malhadada reforma a la justicia.

 Pero con dos grandes diferencias: éste es un chicharrón que en esencia heredó, pero frente al cual tiene muy poco margen de maniobra. El anterior escándalo lo había creado él solito (de hecho, lo ha resucitado parcialmente y a retazos, como en el oscuro episodio del proyecto de fuero militar, pero ese es otro tema), pero también lo podía detener más o menos a voluntad.

No es así ahora. De hecho, me parece que el Gobierno quedó en una situación imposible. Por una parte, no puede aceptar el fallo, por la presión de la opinión, y también la proveniente desde el uribismo. Además, es costosísimo en una democracia quedar marcado con el inri de ser el que permitió que se cercenara parte del territorio nacional. Eso básicamente saca del juego a cualquier figura. Por otra, rechazar de plano la decisión de la Corte tiene costos muy grandes, en muchas direcciones. Una faceta que no se ha resaltado lo suficiente es que iniciar una confrontación abierta con Nicaragua podría poner en peligro el restablecimiento de las relaciones armónicas con el resto de América Latina, algo que nuestra canciller reclama, con razón, como la joya de su corona. Esto podría devolvernos al estatus de país problema, con repercusiones imprevisibles sobre la política interna, incluyendo por supuesto el proceso de paz.

Así que Santos se enfrenta a poco menos que la cuadratura del círculo. Es poco consuelo que Uribe también haya caído en las encuestas. Este demostró que su caradura no tiene límites. Pese a ser uno de los principales culpables del problema, y a haber prometido en público, ni más ni menos que a Ortega, que respetaríamos a como diera lugar cualquier fallo, trató de aprovechar éste para hacer avanzar su programa desestabilizador. El Gobierno, en lugar de hablar abiertamente del tema, se limita a jeremiadas oblicuas —no es el momento de hacer política, etc.— que no tiene por qué entender nadie. Pues si no se hace política con esto, ¿entonces con qué? Si la gente que está en el Gobierno tiene capacidad de aprendizaje y reflejos, empezará a delimitar públicamente responsabilidades. Si no, le va a caer toda el agua sucia, la que le corresponde y la que le toca a administraciones anteriores.

Hay un problema más de fondo, empero, que no se puede dejar pasar. Simplemente, no tenemos servicio exterior. Esto no es una evaluación de nuestra canciller, quien, según creo, ha obtenido en su corto período logros no despreciables (a propósito: compárenla con los ministros del ramo bajo el uribato). Se trata de un problema estructural: la diplomacia colombiana sigue siendo un coto de caza de políticos tradicionales, con apenas una delgadísima capa de tecnócratas, sin ninguna orientación de largo, qué digo, siquiera de mediano plazo. Esto más o menos funcionó durante el período en que todos los países del subcontinente estaban bajo el alerón estadounidense. Ahora nos encontramos en un mundo mucho más abierto, más dinámico, con más oportunidades pero más amenazas. Si seguimos queriendo ser “la Bulgaria de América” —como nos llamaban en la década de 1960 algunos analistas gringos: Bulgaria era el más gris y rutinario de los países clientes de la Unión Soviética—, estaremos sometidos inevitablemente a nuevos sobresaltos y problemas básicamente insolubles. Si tienen algún sentido de futuro, ahórrense el desgarramiento de vestiduras y manden una comisión a Brasil para estudiar cómo hacen las cosas allí.

Les prometo: queda cerca.

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