Por: Jorge Gómez Pinilla

La religión como arma política

El diccionario define placebo como la “sustancia que carece de acción curativa pero produce un efecto terapéutico si el enfermo la toma convencido de que es un medicamento eficaz”.

El mismo mecanismo ‘curativo’ opera con la religión: el creyente asume su fe con la certeza de poseer la verdad absoluta. Esto le proporciona un alivio psicológico, pues lo aleja del infierno de la duda y le brinda la confianza de estar adorando al único Dios verdadero, mientras sus oraciones lo atan a la esperanza de encontrar remedio a sus congojas.

Desde el mundo de la razón es muy fácil apreciar que las oraciones no sirven para nada, pues el mundo está cada vez peor y la humanidad avanza a pasos agigantados hacia la destrucción del planeta. De todos modos, no le aconsejamos que le diga a un creyente que rezar es por completo inútil, pues se va a sentir ofendido y usted se puede ganar un puño.

Vamos a centrar la discusión es en diferenciar a los pastores de sus rebaños, con el propósito de demostrar que a unos y otros los animan intereses diferentes. En palabras del científico Rodolfo Llinás, “Dios tiene dos razones de ser: a los inteligentes les sirve para gobernar a los demás y a los menos inteligentes para pedirle favores”.

El origen de la política está en la religión, y sirve de ejemplo el patriarca Moisés llegando a su aldea a contar que mientras apacentaba unas ovejas el Señor le habló desde una zarza en llamas y le dijo: “he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto y he escuchado su clamor, pues estoy consciente de sus sufrimientos. Así que he descendido para librarlos de los egipcios, y para sacarlos de aquella tierra a una que mana leche y miel” (Éxodo 3:3-17).

Si nos ponemos de capciosos, se hace evidente que ese mismo pueblo sigue esperando esa tierra prometida, pero el asunto que hoy nos ocupa es otro: Moisés se convierte en el representante de Dios sobre su gente y arropado en su condición de líder descubre que es algo bueno, porque le da poder sobre los hombres y las mujeres de su aldea, ligado a una inmensa responsabilidad, por supuesto. Así nace la política, directamente emparentada con la religión: la personificación de Jehová en una llama ayuda a los judíos a paliar una necesidad de supervivencia, la de librarse de la opresión a la que los tenía sometidos el faraón.

De ahí en adelante la historia de la humanidad muestra unos pueblos comandados por dirigentes religiosos, llámense judíos, católicos, protestantes o musulmanes. La separación de las Iglesias y el Estado solo se viene a dar en la era moderna, pero en un escenario donde la religión sigue ejerciendo gran poder, tanto sobre la conducción de las naciones como en el imaginario colectivo de las gentes.

Aquí la palabra rebaño –tan propia del catolicismo- cobra un significado clave para una mejor comprensión de la política, pues en ambos casos se necesitan masas adocenadas –o adoctrinadas- que se dejen conducir como ovejas, tanto hacia un estado ilusorio de bienestar espiritual como al matadero de una guerra.

Fueron precisamente rebaños uniformados por el mismo pensamiento religioso los que bajo el falso ropaje de defender a la familia movilizó la diputada Ángela Hernández, perteneciente a la Iglesia Cristiana Cuadrangular, de corte evangélico. Ella encendió la chispa de una vendetta nacional contra la población LGBTI, a la que se sumaron hasta los más altos prelados de la Iglesia Católica, si bien estos reconocieron luego, contritos, que habían sido utilizados por fuerzas políticas partidarias del No en el plebiscito, y eso les pareció “deshonesto” (Ver arrepentimiento). Pero ya era tarde, porque después del ojo afuera no hay Santa Lucía que valga.

Otra que no quiso faltar a tan rentable convite político-religioso fue la senadora Viviane Morales, dirigente de la iglesia Casa sobre la Roca. Su caso es el paradigma de las contradicciones, pues ella debe ser consciente de que dentro del Partido Liberal está en el lugar equivocado, sumado a que tiene una hija lesbiana cuyo derecho a un trato igualitario se niega a reconocerle. O sea que en su propio núcleo familiar germina la antítesis de su discurso contra el matrimonio gay, y la deja en uno de dos planos posibles: una fe religiosa ligada a la ceguera, o un cálculo cínico sobre el caudal de votos que una postura de tan alto ‘rating’ le aporta.

Me inclino a pensar lo segundo, y esta consideración se extiende a otros políticos que acuden a sentimientos religiosos para cautivar ingenuos, como el entonces presidente Álvaro Uribe que en acción de gracias por la Operación Jaque puso a su gabinete ministerial a rezar el rosario, o como el actual procurador Alejandro Ordóñez que tituló su tesis de grado ‘Presupuestos Fundamentales del Estado Católico’ y la dedicó “A nuestra señora la Virgen María, suplicándole la restauración del orden cristiano y el aplastamiento del comunismo ateo”. En ambos casos se asume al Estado como confesional desde lo católico, y eso es contrario a la Constitución, laica en su esencia.

Mi apreciación –muy personal- es que cuando un político alaba al Creador o lo menciona, quiere que la gente piense: “está con Dios, es alguien bueno”. Actúa como el que agita un racimo de bananos ante un grupo de micos, para conquistar su simpatía. En contraposición, admiro al político que nunca recurre al facilismo de invocar a Dios para ganar adeptos. Es más, hacia el ejercicio de una política verdaderamente laica y sana, a todo político que recurra a expresiones de religiosidad debería imponérsele una multa, por invadir linderos que no le corresponden al Estado ciudadano.

Fue precisamente valiéndose de propaganda sucia atada a un sentimiento religioso (el de “la familia original”) que el uribismo logró movilizar a manadas de ingenuos creyentes haciéndoles creer –valga la redundancia- que en el gobierno de Juan Manuel Santos había una ministra gay que estaba repartiendo una cartilla para que nuestros niños se volvieran homosexuales como ella.

¿Y todo esto lo hacen con qué propósito? Con el de llevar a la presidencia a quien desde ya perfilan como el restaurador de la moral y las buenas costumbres, Alejandro Ordóñez Maldonado. Dios  nos coja confesados...

DE REMATE: Nada más parecido a un golpe de Estado que un eventual triunfo del No en el plebiscito: al día siguiente el país amanecería descuadernado y el presidente de la República convertido en un mueble viejo.

En Twitter: @Jorgomezpinilla

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