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Hugo Sabogal 27 Jul 2013 - 11:00 pm

Remezón en la Rioja

Hugo Sabogal

Junto a Burdeos, Borgoña, Alsacia (Francia) y Piamonte (Italia), la región de la Rioja, en el norte de España, forma parte de un círculo íntimo en el que las cinco regiones mencionadas han adquirido trascendencia, tanto en lo histórico como en lo lucrativo.

Por: Hugo Sabogal

Otros hablarán del Ródano (también en Francia) o de la Toscana (también en Italia), pero dichas denominaciones y muchas otras aún no alcanzan el pináculo donde se posan las anteriores.

La Rioja ha sido por siglos la meca enológica por donde han desfilado enólogos ibéricos y de todo el mundo, en busca de aprendizaje e inspiración. Podría pensarse que un lugar sacro para el vino como éste, poco o nada arriesgaría para ajustarse a los nuevos tiempos. “Muy al contrario”, dice Miguel Ángel de Gregorio, enólogo y propietario de Finca Allende, de la zona Briones, en Rioja Alavesa, quien es, además, uno de los agitadores que están a la vanguardia de un nuevo cambio en España.

El primer remezón lo protagonizaron dos nobles de origen español —Luciano Francisco Ramón Murrieta García-Ortiz de Lemoine, Marqués de Murrieta, y Don Camilo Hurtado de Amézaga, Marqués de Riscal—, quienes viajaron a Burdeos para conocer de cerca el arte de hacer vinos en el Médoc, la fuente por excelencia de los vinos galos. Querían quebrar barreras y abandonar las viejas prácticas riojanas, que producían vinos de dudosa calidad. Quizás ayudó que Murrieta hubiera nacido en Arequipa, Perú, y que Hurtado fuera, en esencia, un curioso e innovador periodista y un destacado diplomático. En otras palabras, no tenían razones de fondo que los maniataran. Y así fue como ambos llevaron a la Rioja el know how francés, acompañado de técnicas e implementos adecuados, entre ellos los barriles de roble.

La segunda ola de cambio llegó cuando los franceses se instalaron en la Rioja para suplir sus faltantes de vino causados por la devastación producida por la plaga de la filoxera en todos los viñedos europeos, especialmente en la zona de Burdeos. Ese legado aún se percibe. Pero luego vino una época en que muchas bodegas se dedicaron a hacer vinos de poco carácter, pero sometidos a largos períodos de añejamiento. Esto les otorgaba un sello de identidad reconocible por los consumidores. Eran aromas y sabores ahumados, con trazas que evocaban el aceite balsámico. En los años 70, las normas del Consejo Regulador de la Denominación de Origen de Rioja establecieron una clasificación basada en los tiempos de maduración en barricas de roble. Así fue que los vinos frutados y ligeros se llamaron Jóvenes, seguidos de los Crianza, Reserva y Gran Reserva, cada uno de ellos con tiempos progresivamente más largos de añejamiento en cubas y en botellas.

El problema, dice De Gregorio, es que se ha dado más importancia al tiempo de maduración que a la calidad del vino que se pone en los recipientes de madera. Por estas y otras razones, enólogos como De Gregorio y después Juan Carlos López de Lacalle (Bodegas y Viñedos Artadi) y Agustín Santolaya (Bodegas Roda) decidieron retar a los reguladores, tomando la decisión de abandonar las normas y etiquetar sus vinos sin mención a los tiempos de añejamiento.

 Comenzó así una nueva revolución en los vinos riojanos, que sigue en plena marcha. Para De Gregorio y los demás, la importancia radica no en los procedimientos de bodega, sino en el estudio del suelo, la comprensión a cabalidad del clima atlántico y la defensa y entendimiento a fondo de variedades adaptadas por siglos a la región, como Tempranillo y Mazuelo.

“Nos fastidiaba que los vinos, en vez de apreciarse por ser el reflejo de un terruño y de un clima determinado, se clasificaran por su tiempo de permanencia en barricas de roble”, dice De Gregorio. “Eso no pasa con un Mouton Rothschild, ni con un Château Margaux. Y tampoco debe pasar aquí”.

La postura de De Gregorio y el apoyo de López de Lacalle y Santolaya atrajeron la atención de otros creadores, como Peter Sisseck (Pingus), de Ribera del Duero, y Álvaro Palacios (L’Ermita), del Priorato. Ellos y muchos otros han comenzado a trabajar el vino desde la tierra, embotellando ejemplares que han venido asombrando a la crítica internacional. Quizás este renacer de la Rioja no sea el último. Por ahora, vale la pena probar Finca Allende, Artadi y Roda, que ya están en Colombia. Claro, ustedes no pagarán poco, pero entenderán que hay un antes y un después en la historia de los vinos riojanos.

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Opinión por:

Ar mareo

Dom, 07/28/2013 - 12:44
hubiera sido interesante q incluyera los anhos o decadas donde se dieron tales cambios, pues no queda claro si esta hablando de los ultimos diez o de los ultimos quinientos anhos
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