Por: Arlene B. Tickner

Renovar el pacto

Aunque las relaciones entre Colombia y Venezuela nunca han sido fáciles, las diferencias ideológicas que han caracterizado a sus respectivos gobiernos durante los últimos 14 años han sido fuente adicional de distanciamiento y ruptura.

Pese a ello, el relanzamiento de la relación bilateral anunciado por los presidentes Juan Manuel Santos y Nicolás Maduro sugiere que ambos entienden que es preferible tener relaciones buenas que estar en conflicto, y exige reexaminar el “pacto” de convivencia que se ha construido a lo largo de este tiempo.

Ante la agudización de la crisis binacional ocurrida durante el gobierno de Álvaro Uribe, en gran medida por la “farcotización” de la política nacional e internacional de Colombia, comenzaron a intercalarse esfuerzos cíclicos por crear un clima de tolerancia mutua con Hugo Chávez, caracterizados por el compromiso de abandonar la diplomacia del micrófono y evitar el uso de las divergencias entre los dos países para fines políticos internos. Estos resultaron deficientes, como revelan los constantes rife rafes entre Uribe y Chávez, la ruptura de relaciones diplomáticas y comerciales en 2010, y la revelación por parte del ex presidente de que consideró una operación militar en Venezuela para contrarrestar la presencia de las FARC allí.

Desde el discurso inaugural de Santos la normalización de las relaciones con Venezuela y su apalancamiento positivo en función de un mayor protagonismo colombiano en organismos regionales como Unasur se convirtió en una prioridad. Para esto el “pacto” nombrado se renovó y se reforzó, especialmente en lo concerniente al tema de las FARC, frente al que los mandatarios de los dos países acordaron no referirse en público con el fin de impedir su (re)instrumentalización. Así mismo, fue evidente el intento de Santos por diferenciar los intereses de su gobierno de los de Estados Unidos -- algo que durante Uribe nunca fue claro -- sobre todo dada la polémica suscitada por el fallido acuerdo de las siete bases militares.

A su vez, el sello personalista-presidencial de la política exterior posibilitó una mayor fluidez en el diálogo entre Bogotá y Caracas, suscitando respuestas rápidas desde el primer encuentro entre Santos y Chávez frente a algunos de los problemas binacionales más agudos, incluyendo la deuda a exportadores colombianos, comercio, infraestructura, desarrollo fronterizo y seguridad. Entre los resultados positivos se destaca una mayor cooperación en temas como el narcotráfico y el aumento de los flujos comerciales, equivalentes a 40% en 2012 y 4.5% en el primer trimestre de 2013, según el DANE.

Paradójicamente, el mismo personalismo que facilitó un manejo más fluido de la relación bilateral, e incluso la participación venezolana en el proceso de paz, ha sido también su principal debilidad. La enfermedad y muerte de Chávez la congeló, mientras que la coyuntura política de ambos países – negociaciones con las FARC y reelección en Colombia, y crisis interna en Venezuela – la ha retado, como ocurrió con el encuentro privado entre Henrique Capriles y Santos, que fue tildado de “conspiración abierta”. Mientras tanto, el fin del esfuerzo de acercamiento venezolano a Estados Unidos como resultado del caso Snowden puede eventualmente enrarecer la interacción con Colombia.

A pesar de lo compleja y conflictiva, la importancia de la relación entre Colombia y Venezuela, que va mucho más allá del proceso de paz, exige renovar el pacto suscrito y potenciar una agenda binacional positiva.

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