Por: Miguel Ángel Bastenier

¿Por qué resiste Al Asad?

Hace apenas unas semanas parecía que la caída del régimen de Bashar al Asad era casi inminente.

El gobierno de Damasco parecía condenado y era únicamente cuestión de establecer el calendario, e incluso parecía que toda la culpa de que el fatal desenlace aún no se hubiera producido le correspondiera a Rusia y China, que seguían sosteniendo al dictador, de un lado para proteger sus inversiones, y de otro para disputarle la arena geopolítica a Estados Unidos. Hoy sigue siendo cierto que el régimen sirio difícilmente puede sobrevivir a la cuasi guerra civil que con su torpeza represora ha provocado, pero demuestra a diario que está dispuesto a vender muy cara la piel.

Damasco se sostiene sobre una trinidad: ejército, partido y sentimiento religioso, y de la combinación de esos tres elementos, así como de la capacidad de la oposición de hacerles frente con argumentos similares dependen —mientras Occidente siga sin intervenir— la duración e intensidad de la masacre.

En Siria hay dos ejércitos. El regular, de unos 300.000 hombres, formado por reclutas, sólo regularmente armado, con un esprit de corps limitado y de adiestramiento indiferente; y unos cuerpos de élite que integran la Guardia Republicana, mandada por el hermano menor del presidente, Maher al Asad, de unos 25.000 miembros, más dos divisiones y una brigada de operaciones especiales, con lo que se llega a los 40.000 efectivos, pertrechados con lo mejor del mercado ruso así como de lealtad probada. El goteo de deserciones que se ha producido en algo más de un año de protesta popular y, en los últimos meses, de combates, ha afectado casi exclusivamente a las fuerzas regulares. El partido es el Baas, que en árabe significa resurrección, fundado por el greco-ortodoxo Michel Aflaq en los años 40, partidario de un esotérico socialismo de uso interno musulmán, y tan anticomunista como la democracia cristiana. El Baas, que además cuenta con una milicia de unos 100.000 hombres, aunque de escaso valor militar, tomó el poder por un golpe militar en 1963 y ahí sigue, pero hace ya mucho que se ha convertido en una superestructura para medro y privilegio, de forma que, en particular para ganarse la vida, es inexcusable formar parte del mismo. Las defecciones en su seno tampoco han sido importantes, pero seguramente es el eslabón más débil de la cadena. Y el grupo religioso es el alauí, una protuberancia dogmática del chiismo, que reina en Irán, que, aunque no agrupa a más de un 12% del país, los Al Asad, la alta oficialidad, ministros y jerarquías forman una apretada piña de esta persuasión religiosa, que contrasta con la inmensa mayoría de los reclutas, así como de la nación en general, que son suníes, versión ésta muy mayoritaria del islam en el resto del mundo árabe.

Si el Baas se debilita gravemente por futuros abandonos, hasta el punto de permitir que los rebeldes formaran un gobierno en el exilio, susceptible de ser reconocido —como en el caso de Libia— por Occidente, los Al Asad podrían, sin embargo, seguir resistiendo contando con el apoyo de las unidades de élite y la cohesión alauí. Pero si se rompe cualquiera de estas dos últimas patas, el régimen estaría condenado. Y a la espera de que eso ocurra, la oposición, para tener éxito, ha de construir una imagen de alternativa política y militar que sea verosímil.

La cohesión religiosa está asegurada por el sunismo, pero no hay ejército rebelde ni coalición de partidos dignos de tal nombre. Existe un llamado Ejército Libre Sirio, apenas capaz de resistir atrincherado, como pudo hacer en un suburbio de Homs durante varias semanas hasta que lo expulsó el ejército sin necesidad de recurrir al armamento pesado. El procedimiento habitual ha sido rodear a las fuerzas rebeldes, bombardear con artillería durante varios días y sólo entonces ‘limpiar’ el terreno, procurando reducir al máximo las bajas propias. Y en lo político la amalgama aún es mayor con una marea de suníes de los que buena parte pertenece a la Hermandad Musulmana —islamismo, en principio, moderado— oficiales y dirigentes caídos en desgracia, voluntarios yihadistas —islamismo radicalizado— y terroristas de Al Qaeda. Comprensiblemente, Estados Unidos se resiste a armar a los rebeldes porque las armas que recibieran sí serían de las que carga el diablo. Un fantasmal Consejo Político de la oposición carece, igualmente, de cohesión alguna, con lo que esa trinidad no puede hoy compararse a la que sostiene a Bashar al Asad.

Habría, con todo, dos vías de salida para este punto ‘muerto’. Una, la intervención limitada de Occidente con la creación de una zona ‘liberada’ limítrofe con Turquía, que es lo que pide Ankara, protegida por la aviación. La otra, más cómoda para todos, sería la ruina económica —la represión es cara— que supone el conflicto para Siria, de forma que acelerara la erosión del régimen hasta provocar el golpe desde el interior; o una combinación de ambas fórmulas. Hoy, en cambio, el único movimiento es diplomático. Rusia y China apoyan, junto a Occidente, una mediación de la Liga Árabe y la ONU, que permitiera llegar a un alto el fuego, aunque fuese por etapas y sectores, y, ya en el colmo del optimismo, un acuerdo para dar una alternativa política a la dictadura con la familia Al Asad. Pero todo ello suena a ganar o perder tiempo. Ganarlo Damasco, perderlo Occidente.

 

* Columnista de El País de España.

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