Por: Columnista invitado

Respiremos del nuevo aire

Miento si te digo que entiendo las experiencias que se viven alrededor del terror de la guerra. Acá en Bogotá hemos estado alejados de las balas y las largas caminatas que debieron recorrer ustedes para huir o planear otro escenario de violencia. No justifico lo que pudiste llegar a hacer, pero sí te digo, con la mano en el corazón y con la esperanza de dar un paso diferente, que te perdono y que también comprendo que las circunstancias de desigualdad, olvido y falta de oportunidades te llevaron a formar parte de la guerrilla.

A ti que siempre has estado en medio de los bosques y la hermosa naturaleza que nos rodea; a ti que has tenido que vivir en carne propia la guerra como víctima y victimario o victimaría; a ti que dejaste los cuadernos y las cuentas por las armas y el camuflado; a ti que aún no te veo a los ojos, pero que espero hacerlo pronto, te escribo esta carta para que tengas plena conciencia de que en el centro del país, específicamente en Bogotá, te espera alguien con los brazos abiertos y con los oídos llenos de intriga para escucharte y darte una palmada en el hombro donde te pueda decir: “Tranquilo/a, vamos a respirar un nuevo aire juntos”.

Miento si te digo que entiendo las experiencias que se viven alrededor del terror de la guerra. Acá en Bogotá hemos estado alejados de las balas y las largas caminatas que debieron recorrer ustedes para huir o planear otro escenario de violencia. No justifico lo que pudiste llegar a hacer, pero sí te digo, con la mano en el corazón y con la esperanza de dar un paso diferente, que te perdono y que también comprendo que las circunstancias de desigualdad, olvido y falta de oportunidades te llevaron a formar parte de la guerrilla.

No he vivido en carne propia el sufrimiento de la violencia y de sus diversas manifestaciones, pero como colombiano y ser humano que soy, he sentido el dolor y la indignación de conocer la muerte de varios civiles inocentes y de varios soldados y guerrilleros que murieron por una guerra que ya no tenía un discurso y que se había convertido en un negocio para muchos.

Cuando leas esta carta espero que entiendas que no es fácil para mí dirigirme a una persona que ha vivido experiencias completamente diferentes. Quiero que confíes en esta tierra, que no prestes atención al odio y al rencor de muchos que no quieren la paz y la transformación del país. De seguro en cada rincón de Colombia habrá alguien que, como yo, queremos recibirte con un abrazo y una gran taza de café con muchas galletas.

Quiero que algún día nos podamos sentar a leer un libro, a escuchar la música que más te guste y a recorrer las calles de esta ciudad que tanto tiene para ofrecernos. Quiero que salgamos a acampar como grandes amigos y podamos caminar con tranquilidad en medio de árboles, aves y demás diversidad de fauna y flora que se pueda encontrar en cada kilómetro.

Anhelo que podamos compartir nuestras experiencias y que podamos tejer la historia de este país con un relato agradable, que podamos hacerles entender a las próximas generaciones que no podemos volver a recurrir a las armas para solucionar las diferencias ideológicas y solventar los vacíos que el Estado ha dejado en algunas zonas del país.

Cuando termines de leer esta carta siente que te abrazo con el alma, que te perdono por las veces que disparaste un fusil y en que no creíste que teníamos “una segunda oportunidad sobre la tierra”. Te perdono porque confío en tu humanidad, porque confío en el cambio y porque también quiero dar el paso para que esta sociedad sea más incluyente y tolerante. Desde Bogotá estrecho tu mano y te miro a los ojos anhelando que la esperanza siga creciendo para que juntos hagamos saber a los incrédulos y rencorosos que la violencia ya no forma parte de nuestra cultura y que ahora podremos viajar a cualquier parte del territorio sintiéndonos hermanos y olvidando por completo aquellos temores de antes.

Sé que los tiempos de transición son difíciles, que nos cuesta aceptar los cambios, pero que de éstos depende el transcurso que le damos a nuestras vidas y a nuestro entorno. Hoy más que nada, te quiero dar las gracias por haber dejado las armas y por ayudarnos a construir un camino lleno de rosas. Nos esperan nuevos aires donde podamos aprender juntos, donde podamos enlazar nuestros brazos para crear armonía y fraternidad entre nosotros. Te respeto, te admiro y te aprecio como ser humano.

No olvides creer en esta tierra, en esta gente humilde y carnavalesca que vive con nosotros. Un país con más libros, mayores oportunidades y menos violencia está por llegar. Confía en ti para poder confiar en los otros. Recuerda siempre que aquí te espero y que la vida nos da la oportunidad de renacer como pueblo. Larga vida a todos aquellos que transforman la sociedad para el bien común.

Respiremos un nuevo aire y vamos a disfrutar de la primavera.

Atentamente.

Jorge Andrés Osorio Guillott

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