Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Responder a las señales

Hace ya más de 40 años, Albert Hirschman publicó su libro clásico Salida, voz y lealtad. Su tesis básica es la siguiente: para impedir el deterioro, toda organización debe abrir canales de voz que le permitan ir mejorando incrementalmente su desempeño.

Cuando no hay voz, se crea el peligro real de propiciar la salida de sus miembros más activos y valiosos (obviamente, este es un resumen esquemático de un texto maravilloso).

Si nos atenemos a esta perspectiva, el Gobierno está siguiendo, ante el reto que le plantea la reciente oleada de movilizaciones sociales, exactamente el libreto equivocado. Por una parte, empujando a sus interlocutores a la salida, a través de su ilegalización pública. Por otra, desatendiendo señales que podrían serle extraordinariamente útiles al Estado. Cuando los mineros artesanales piden formalización, por ejemplo, me queda difícil ver en esto una demanda subversiva, o simplemente criminal. Lo que veo más bien es algo lógico y útil para el fortalecimiento de la regulación del sector (ver al respecto el último excelente reporte de la revista Dinero).

Lo mismo puedo decir con respecto a las observaciones que ha hecho el Alto Comisionado de las Naciones Unidas acerca de la tensa situación en el Catatumbo. No: Colombia está muy lejos de haber llegado a un mínimo grado de madurez con respecto de la defensa elemental del derecho a la vida (algo sobre lo que tengo que volver pronto), y si algún representante de la comunidad internacional dice que no le parece bien el uso excesivo de la fuerza, entonces tiene razón. Cuando llegan malas noticias es mejor no dispararle al mensajero. Y esas voces críticas de la comunidad internacional son fundamentales ahora, y sobre todo en cuanto entremos (si lo hacemos) al posconflicto. Si ellas se equivocan, para eso está el ejercicio de la voz: estas cosas se pueden y deben analizar, discutir, evaluar. Pero lo que no se puede hacer es tratar de cerrar los canales.

¿Qué sacar de todo esto? Mi primera conclusión es que el Estado necesita desesperadamente una interfaz institucional para hablar con los sectores sociales organizados. En este momento, ella es sorprendentemente precaria. Y la respuesta automática corresponde a un viejo libreto, erróneo, con un gran potencial violento, e inadecuado para una sociedad plural, moderna y que quiera disfrutar de paz civil. Los canales para tramitar las demandas usados hasta el momento —que consisten en esencia en enviar al vicepresidente a mediar— pueden solucionar o no los problemas específicos, pero son improvisaciones tomadas al calor de la necesidad. Angelino puede haberlo hecho mal o bien —me parece que en este caso es lo segundo—, pero el mecanismo es limitado, puramente personal —se apoya en los activos que ha construido él, como figura, a lo largo de su carrera— y sirve sólo para emergencias.

Hablando de emergencias: me sorprendieron mucho las declaraciones del contralor distrital sobre Maloka. Ésta, Maloka, es una casa dedicada a la ciencia que ha puesto más que el proverbial granito de arena para hacer más amable la vida de los habitantes de la capital (sobre todo a niños de todos los estratos). Su directora, Nora Elizabeth Hoyos, ha dedicado su vida a promover la ciencia y la tecnología: tarea generosa y ardua, si las hay, en este país. Por supuesto, si Maloka ha incurrido en alguna indelicadeza o error, está tan sujeta a evaluación como cualquier otra persona jurídica. Pero en las confusísimas declaraciones públicas del contralor, lo único que me quedó claro es que no tiene nada. Así que es mejor que se ponga serio. Es posible que simplemente quiera embromar a Petro. Pero no pretenda alcanzarlo deteriorando alegremente uno de los patrimonios que tiene esta ciudad.

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