Por: Nicolás Rodríguez

Retener contra la voluntad

Ya en 1977 el periódico El Tiempo postulaba a Don Secuestro como el personaje del año: “Ningún sociólogo, ningún político, ninguna autoridad se atreve a predecir la evolución de esta situación”.

Los años ochenta, sin embargo, fueron pródigos en secuestros. Las guerrillas se afianzaron en el uso de la estrategia con todo tipo de fines, políticos y económicos, hasta que las víctimas dejaron de ser personas acaudaladas. Según lo narra Mauricio Rubio, fue tal el desabastecimiento de víctimas de altos recursos, que una sola familia, la Grajales, llegó a los 30 secuestros repartidos entre siete hermanos.

Secuestraban las guerrillas, secuestraba la delincuencia común y secuestraron, también, los narcos. Y es más, secuestraron las guerrillas a los narcos, con lo que a su vez abrieron el violento capítulo del MAS (Muerte a Secuestradores). “El secuestro requiere un tratamiento veloz, táctico, metálico y drástico”, decía el volante firmado por Carlos Lehder y arrojado desde una avioneta a los estadios nacionales.

Algo así como el principio del fin. La llegada del apocalipsis, y las guerrillas ni se enteraron. Querían un mejor país y con el secuestro nos legaron una nación paramilitar. Todo esto ocurrió en los ochenta y apenas vamos en la prehistoria. De 1986 al 2000, según Jorge Orlando Melo, el secuestro se multiplicó diez veces. Y por ahí habrían de llegar las también traumáticas “pescas milagrosas”.

El Eln tiene ahora en su poder a dos jubilados alemanes. Con ellos pretende presionar una negociación. Las Farc han dicho que se reservan el derecho a retener policías y militares. No entendieron nada. “Para la nueva cárcel antisecuestro se les pedirá a los norteamericanos el último y más poderoso sistema de sillas eléctricas con incinerador incorporado”, explicaba Lehder en su premonitoria literatura paramilitar. Y ni por esas.

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