Por: Gonzalo Hernández

Revolución en Estados Unidos

A las oportunidades coyunturales que ofrece el trabajo académico se suman los momentos conmemorativos como contados permisos para serle infiel al presente. Las fechas célebres abren una rendija para que podamos asomarnos en el pasado, para revisar documentos históricos sin una culpa tonta por desatender los hechos relevantes de la actualidad.

Los estadounidenses celebran hoy 241 años de la declaración de Independencia de las trece colonias norteamericanas frente a Gran Bretaña. El primer borrador de este documento fue preparado por Thomas Jefferson —luego sería el tercer presidente de los Estados Unidos—, como miembro de una comisión que trabajó en la declaración desde el 11 de junio de 1776 hasta el día en que esta fue oficialmente publicada (5 de julio de ese año). Aunque el Congreso Continental votó a favor de la Independencia el 2 de julio, el 4 de julio se celebra la adopción de la decisión independentista por parte del Congreso.

La declaración de Independencia de los Estados Unidos es, por supuesto, un texto revolucionario. Incluye un memorial de reclamos frente a las acciones del rey Jorge III. Sin mayor sorpresa en un contexto colonial, el listado se refiere a las restricciones impuestas por el Imperio británico que limitaban la libre determinación de las colonias en su organización política y en la administración de justicia. Por mencionar algunos ejemplos de esos agravios, se menciona que el rey había disuelto la Cámara de Representantes en varias ocasiones y que interfería en el poder judicial mediante el control de los salarios y la duración de los cargos de los jueces.

No obstante, lo más interesante surge si mantenemos un pie en el presente. La declaración condena que el rey hubiera obstruido la inmigración en los Estados Unidos, y que hubiera endurecido las condiciones para las nuevas apropiaciones de la tierra.

No son las mismas razones de hoy; pero, como siempre: ¡es la economía! Jorge III se había opuesto a las leyes de naturalización de extranjeros en las colonias por la preocupación del imperio de que la movilización de los trabajadores hacia los Estados Unidos afectara la disponibilidad de empleados en las industrias inglesas. 

Y el asunto de las apropiaciones de tierra deja ver también una naturaleza revolucionaria actual. Para este tema, nada mejor que esta reflexión del Claremont Institute —por cierto, de corriente conservadora en los Estados Unidos—: “Los americanos creían que una parte de los derechos inalienables a la libertad era la libertad para hacer uso de la propiedad para atender las necesidades de uno y de su familia. Para ese propósito, el Gobierno debería hacer disponible al público la tierra no utilizada, mediante concesiones de tierra a las familias o mediante subastas, de tal manera que la tierra fuera puesta en uso por el trabajo”.

Termino con dos elementos que siempre me han causado fascinación como principios sociales y que deberían inspirar la construcción de la Colombia en paz. El primero, que los americanos se obligan a declarar las causas de su decisión por respeto al juicio de la humanidad: “Cuando en el curso de los acontecimientos humanos se hace necesario para un pueblo disolver los vínculos políticos que lo han ligado a otro y tomar entre las naciones de la tierra el puesto separado e igual al que las leyes de la naturaleza y el Dios de esa naturaleza le dan derecho, un justo respeto al juicio de la humanidad exige que declare las causas que lo impulsan a la separación”.

El segundo, mi favorito, en el que les encuentran hermosa compañía a los derechos inalienables de la vida y la libertad: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

* Profesor asociado de Economía y director de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana.

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