Por: Carlos Granés

Risa envenenada

Para un escritor no hay nada más tentador que enfrentarse a una columna de opinión. No porque sea el espacio para embadurnar al lector con ideas preconcebidas, sino porque es allí donde se puede pensar y tomar partido sobre los problemas fundamentales de nuestro tiempo. Por eso agradezco a Juan Gabriel Vásquez que me haya cedido temporalmente este espacio, en el que intentaré hacer justo eso: analizar algunos dilemas y fenómenos culturales que están dando un semblante definido al mundo de hoy.

Y el primero que me gustaría examinar es el humor, un rasgo del que podemos sentirnos orgullosos como especie y que compensa, con creces, muchos de nuestros defectos, pero que convertido en valor supremo puede volverse en nuestra contra. Hago esta reflexión a raíz de una historia que ya le ha dado la vuelta al mundo. Dos reporteros de un informativo radial australiano, 2Day FM, llamaron al hospital donde se encontraba ingresada Kate Middleton, la duquesa de Cambridge, y fingiendo ser Isabel II y el príncipe Carlos, engatusaron a la recepcionista de turno para conseguir información privilegiada sobre su estado de salud. Las imitaciones eran burdas y parecían más la broma telefónica de dos prepúberes que un trabajo periodístico serio; una burla tonta, pero con secuelas trágicas. La recepcionista que contestó la llamada no soportó el ridículo que desató la farsa y a los pocos días amaneció muerta. Según todos los indicios, ella misma se quitó la vida.

¿Qué pensar al respecto? Desde Don Quijote, como mínimo, sabemos de la efectividad del humor y la ironía para renovar las costumbres y desacralizar lo instituido. Los ilustrados del siglo XVIII, los dadaístas del XX y el artista chino Ai Weiwei del XXI han sido una amenaza para los poderosos, porque en sus actitudes radicales y humorísticas está el germen de la libertad individual y un más que evidente desprecio a las instituciones opresoras. Gracias a esas batallas culturales, esgrimidas con carcajadas y sarcasmos, el mundo es más libre y creativo. ¿Pero qué ocurre cuándo la risa se lo lleva todo por delante?

Es sano reírse de sí mismo y del mundo circundante hasta que el jolgorio paraliza: ¿para qué hacer algo, si todo es un acto fallido y ridículo, si nada tiene trascendencia? La burla perpetua lleva a la inmovilidad; hace ver lo inútil de todo proyecto, la vanidad que inspira cada acción humana. El eco eterno de una risa conduce al nihilismo y al irresponsable desprecio de todo. Y hay ciertas cosas que más vale tomarse en serio. El humor, la primera. Repito sin pudor este cliché porque entraña una gran verdad. El humor es serio porque tiene un enorme poder corrosivo. Usado con tino es lo más saludable que puede ocurrirle a una sociedad; banalizado sume en la chabacanería y la mediocridad. Los periodistas de 2Day FM, las tendencias artísticas que suele encumbrar el Turner Prize (véase a Spartacus Chetwynd, finalista de 2012) y buena parte de la programación televisiva lo demuestran: un mal chiste es un dardo envenenado para la sociedad.

 

*Carlos Granés

 

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