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Lorenzo Madrigal 21 Abr 2013 - 11:00 pm

Roa, te vi

Lorenzo Madrigal

Me repito demasito si cuento que conocí a Gaitán, siendo yo un niño político y cuál fuera mi impresión, año y medio después, al saberlo asesinado en el propio portal que yo recorrí y a pocos pasos del ascensor de reja por el que subí, cuyo olor a herrumbre y aceite persiste en mi memoria olfativa.

Por: Lorenzo Madrigal
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 Corrí a ver a Roa, cómo no, y encuentro en esta obra menor tantos aciertos como desaciertos. No soy hombre de cine y no pretendo ser injusto con el gran esfuerzo de productores y guionistas (Baiz y Castañeda) que pusieron en pantalla una época muerta, tan muerta como sus protagonistas.

Roa está bien, es el personaje, como presunto asesino de Jorge Eliécer Gaitán. Buena selección, mejor actuación. Un artesano muy mayor, de toda mi credibilidad, me decía haber conocido en su vecindad a la familia Roa Sierra y tener la certeza de que en ella era inconcebible que viviera un asesino, siendo como era gente sencilla y pacífica. Y es así como lo describe la obra que comento y la novela de Miguel Torres, en la cual está basada.

El papel de Gaitán es secundario; es un casi un extra. Fue escogido para representarlo Santiago Rodríguez, conocida figura de la televisión. Novel actor, sin embargo, inapropiado para servir a la memoria del jefe Jorge Eliécer. Era éste pequeño de estatura, bellamente aindiado, de ojos grandes y maliciosos, en gesto permanente de sol y el rictus labial amargo; su cabello abundante y liso daba un brillo natural, reforzado con fijador. Al reír, mostraba enormes dientes desordenados, pero comunicativos. Conservo su firma autógrafa y la impresión de haberlo visto.

Rodríguez, el actor, es demasiado grande y blanco y rosado y demasiado satisfecho para convertirse en la imagen de un caudillo popular. Su auto (le brillaron un Plymouth cuarenta y ocho, algo acontecido) distaba de ser el eterno Buick, último modelo, que conducía con deleite el caudillo. Un primo mío fue segundo propietario del roadster del 40, azul celeste. Pasa raudo, en la película, un Buick Special del cincuenta, en episodios del año 48.

¿Por qué se falla con esta utilería? Se dialoga en el interior inequívoco de un Packard y al bajarse a ver la avería, resulta ser un Ford, tipo huevo, de los que abundarían más tarde como taxis. En el 48 los autos de servicio público eran más que todo de marca Pontiac y de color negro, a los que, para mi sorpresa de niño, se les llamaba taxis rojos.

Me distraje en detalles. La Bogotá de ese tiempo está bien figurada. El tranvía de latón no tanto, aunque el efecto de las llamaradas y del coctel molotov fue convincente. Como el propio linchamiento de Roa, en el cual se detuvo con fruición la cámara. Bueno, se dio otra versión. Es creíble que no hubiera sido Roa Sierra el asesino de Gaitán. Se me acabaron las crispetas. Fin de la película. Salgo aturdido (vaya banda sonora).

 

  • Lorenzo Madrigal | Elespectador.com

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