Por: Mauricio Rubio

Romances con galanes marchitos

El escenario de viejos verdes adinerados que explotan sexualmente jóvenes del tercer mundo desafía consideraciones geriátricas mínimas, y alguna evidencia.

Los envejecidos varones del mundo desarrollado se están retirando de sus trabajos, del mercado de parejas, y del sexo. El impulso tardío que puede darles el Viagra destaca la desatinada preocupación del feminismo por unos supuestos abusadores, cuando en realidad se trata de una masa creciente de machos sexagenarios casi impotentes. Formateados como cristianos o puritanos, son tan inofensivos que, en la cuesta de la tercera edad, requieren ayudas artificiales para satisfacer sexualmente a su pareja, cuando la tienen. Están tan domesticados que en el verano se echan en una playa sin siquiera mirar lascivamente los senos desnudos que se asolean a su lado. Es absurdo el afán por multarlos cuando contratan servicios sexuales de mujeres que por lo general los atienden y consuelan voluntariamente. Quienes acuden al segmento callejero y precario del mercado, el de víctimas de las mafias de traficantes, con frecuencia son inmigrantes ilegales, como ellas.

En su novela Plataforma, Michel Houllebecq señala que para la miseria sexual de los varones occidentales Tailandia ofrece dos paliativos: la destreza de sus prostitutas y, por otro lado, las mínimas exigencias y expectativas que las mujeres le imponen al matrimonio, con el consecuente atractivo de los europeos como eventuales compañeros estables. El escritor inglés John Burdett los denomina “refugiados del feminismo” y señala que entre ellos hay gran demanda no sólo por sexo pago efímero sino por relaciones duraderas. Hombres poco apreciados en sus países son valorados por "mujeres thaï felices de encontrar a alguien que simplemente haga su trabajo y espere volver a su hogar” cada día.

Estas circunstancias concuerdan mejor con los testimonios que el turismo sexual de ancianos pedófilos con jóvenes sometidas a la explotación sexual. Y es más consistente con la demografía de los países industrializados. Un pensionado alemán confiesa que “yo no soy pesimista, pero Loi es 25 años menor que yo… Es lo mejor que me ha podido pasar. Echo de menos a mis hijos, por supuesto; pero he encontrado algo que ha hecho mi vida mil veces mejor de lo que nunca pensé que podría ser”. También es común el abuelo que no se atreve a emigrar pero manda con regularidad pequeñas sumas de dinero a una tailandesa mucho menor y le escribe recomendándole que deje de ir al bar, que se cuide del sida, que próximamente le enviará algunos regalos. “Mientras tuve dinero todo funcionó bien. Ella podía gastarlo”, anota un despechado. Compró casa y carro que su nueva novia hipotecó y vendió; después, al retirarse de su trabajo, ella lo dejó. “En Tailandia, el dinero es el gran afrodisíaco. Lo he pensado a menudo en los bares. Me gustaría saber que harían conmigo si no tuviera nada”. Resulta desconcertante por lo ingenua y descarada la actitud de estos señores que van al otro lado del mundo a comprar amor y, tras visitar bares y salas de masaje, se dan cuenta de que a las mujeres lo que les interesa es el dinero, que sus sentimientos no son una mercancía, y se sienten deprimidos, frustrados, hasta engañados.

También hay solteros que van a divertirse y para quienes el juego es simple: buscar gangas para mucho sexo variado y barato. Ambas cohortes coinciden en que las prostitutas tailandesas son “más afectuosas, leales, inocentes y naturales” que las mujeres occidentales, o al menos eso les hacen creer. También es claro para ellos que allí la disponibilidad de sexo la facilita la pobreza de las mujeres comparada con el poder adquisitivo de los clientes. De todas maneras, los reconforta sentir que atraen a esas agraciadas jóvenes, sin importar edad ni apariencia. Sin embargo, no saben manejar el acercamiento. El hechizo se empieza a romper, y las relaciones a deteriorarse, cuando ellas cuentan sus historias y hablan de sus proyectos.

El sexo comercial no altera los planes esenciales de vida de buena parte de las prostitutas tailandesas: casarse y formar una familia, aspiraciones típicas entre mujeres con escasa educación en sociedades patriarcales. Lucy, joven prostituta entrevistada por un periodista español, anota que "a mí no me gusta fuck fuck. Quiero tener un marido que me cuide, y tener hijos. Pero es muy difícil. Los chicos no quieren casarse con una prostituta. Quieren chicas vírgenes que no sepan fuck fuck". Con los años, un viejito europeo con más ahorros que prejuicios, que la aprecie como es, podría ser una buena opción para Lucy. A pesar de algunas similitudes, la variante de estos romances con clientela femenina es otro cuento.

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