Por: Alfredo Molano Bravo

Roméo Langlois

Tenía cierta lejana esperanza de que las Farc anunciaran la liberación del periodista francés Roméo Langlois el 3 de mayo, Día Internacional de la Libertad de Prensa. Habría sido inteligente como guiño de paz. No sucedió, lo cual quiere decir que no necesariamente la guerrilla tiene al hombre.

Y tampoco que se trate de un secuestro. De hecho, el presidente Santos declaró: “En un momento dado (Langlois), tuvo la angustia que lo llevó hacia el lado donde estaba este grupo de las Farc”. En Irak —recordó Loïc Berrou, jefe del servicio internacional de France 24—, los estadounidenses exigían a los reporteros que llevaran el mismo atuendo para confundirse con la tropa. El ministro Pinzón reconoció que “le dimos un chaleco y un casco de las Fuerzas Militares, que es lo que tenemos”. En una balacera —me imagino— es difícil, casi imposible, distinguir entre un uniformado completo y un uniformado a medias como iba Langlois. El mismísimo Alfredo Rangel observa: “Lo que se supone que es una protección para los periodistas, los convierte en un blanco”.

Más allá de formalismos, lo grave de verdad es que la guerrilla no tenga al periodista. El Gobierno ha descartado la autenticidad del mensaje hecho “desde las montañas” de Unión Peneya en el que declaran al periodista prisionero de guerra. ¿Será que la guerrilla entendió rápidamente que un civil con una cámara y una libreta, así llevara puestos un chaleco antibalas y un casco dados por el Ejército, no dejaba de ser persona protegida, como bien lo han declarado NN.UU. y organizaciones defensoras de los derechos humanos?

Total, hoy nada se sabe sobre el paradero de Langlois. Descartaría la posibilidad de que anda por ahí esquivando topetearse con cualquiera de los actores armados.

¿Cómo entender el silencio de la guerrilla? No sería aventurado pensar que el comando que atacó al Ejército y que podría tener a Langlois haya encontrado dificultades para comunicarse o para reunirse con el Frente madre, si se tiene en cuenta que se está peinando la zona, como declaró el ministro de Defensa. Las cosas en la selva no son tan fáciles para las guerrillas: no tienen helicópteros —como los tenían los paramilitares— ni equipos de comunicación no rastreables —como los tiene el Ejército—. Total: a pata, de noche y callados. Si este es el caso, la cosa se puede demorar hasta que el comando de las Farc salga de los anillos que le podrían estar tendiendo las Fuerzas Armadas y hasta que el secretariado decida qué va a hacer con el francés. Me parece indicativa la opción ofrecida por Brasil de mediar. Quizá tenga información privilegiada. La esperanza de que el hombre vuelva sano y salvo como un héroe de verdad no se puede evaporar.

Y si las Farc no lo tienen ni Langlois está “desaparecido”, ¿dónde puede estar? O más claro: ¿Está vivo? En una guerra toda opción es posible. Los trabajos del periodista publicados dan cuenta de su radical denuncia de la violación del DIH por las dos partes en Cauca; un testimonio escalofriante: bombardeos de la Fuerza Aérea sobre zonas pobladas, tatucos de las Farc en zonas campesinas; utilización de la población civil como escudos humanos tanto por unos como por otros.

Ahora cuando ha pasado tanta agua bajo el puente, es oportuno recordar que el 2 de febrero de 2009, en el mismo municipio de Unión Peneya donde fue el combate en que se perdió Langlois, el batallón Héroes de Guapi retuvo a los periodistas Hollman Morris, Leonardo Acevedo y Camilo Raigozo, y los acusó de apologistas del delito y propagandistas de las Farc que cubrían de civil la entrega de secuestrados a Piedad Córdoba y a Daniel Samper Pizano. Vivir para recordar, como decía López Michelsen.

Dado que la cámara de Langlois tampoco aparece, abrigo la esperanza de que él esté haciendo un reportaje con las Farc que incluya propuestas para el acercamiento con el Gobierno.

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