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Fernando Araújo Vélez 19 Mayo 2013 - 4:17 pm

Romper el mundo

Fernando Araújo Vélez

Él quería ser como los polizones que se subían al tren cuando ascendía por las montañas del Viejo Caldas, rumbo a la costa, y se tumbaban en el techo, amarrados a un tubo con sus correas, jadeantes, felices de haber engañado a las “autoridades”, plenos de libertad y de incertidumbre, pero su lugar estaba en el vagón de las literas, al lado de su madre, de sus hermanos, de cajas y cajas repletas de afiches politiqueros y de un gato encerrado en una especie de guacal con agujeros, que respiraba con angustia e intentaba sacar la nariz por un hueco.

Por: Fernando Araújo Vélez

Su lugar era la comodidad, la seguridad, aunque eso lo comprendió unos días más tarde, cuando se encontró en una vieja biblioteca de Santa Marta con Demian, el Demian de Hermann Hesse, de Abraxas y de Sinclair, aquel que una noche le dijo, le gritó: “Lo que mi curiosidad buscaba, lo que suscitaba sueños, placer y miedos, no encajaba en absoluto dentro de la felicidad mimada de mi paz infantil”.

Las literas del tren habían sido su mimada paz infantil. El gato, su amigo entrañable, su interlocutor, su protección, incluso. Y los tipos de arriba... Esos tipos a los que alcanzaba a escuchar en las noches, esos tipos que se lanzarían como en una película poco antes de llegar a Santa Marta y se escabullirían por entre los matorrales, eran sus héroes, sus eternos y desconocidos héroes, aquellos anónimos e invisibles hombres que ya desde entonces le sugerían, como Demian: “El que quiere nacer tiene que romper el mundo”.

Él no había roto con nada hasta ese instante, ni en la vida ni en aquel viaje. Comprenderlo fue una puñalada. El cansancio; el calor que lo llevaba a comprar paletas para untárselas por la piel en cada una de las miles de paradas del tren; los constantes arreglos de la máquina, que parecía reventarse siempre a 40 grados bajo la sombra; los zancudos y las cucarachas, que se subían sin que nadie supiera cómo, esos habían sido sus pretextos en el tren. En la vida, sus excusas eran aquellas mismas que lo habían cobijado: las biblias y los manuales y los preceptos y las órdenes y leyes heredadas. Era más fácil vivir según las normas de los demás. Era más sencillo seguir, ser dócil. No pensar.

  • Fernando Araújo Vélez | Elespectador.com

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