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Eduardo Barajas Sandoval 25 Mar 2013 - 11:00 pm

¿Ruina en la isla del tesoro?

Eduardo Barajas Sandoval

Una vez más las manipulaciones financieras que buscan sacar provecho de los fondos a la mano por todos los medios, sin atender peligros ni advertencias, ponen en peligro el sistema económico y la solidez de la Unión Europea.

Por: Eduardo Barajas Sandoval
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Una vez más, también, las fórmulas de arreglo del problema son de una drasticidad que terminará por hacer pagar muy caras las consecuencias a los pequeños, porque los grandes suelen salvarse de las crisis, porque saben de antemano lo que puede pasar y, como son dueños del juego, suelen salir airosos de las encrucijadas. 

Chipre se ha venido a sumar a la lista de países de la nueva versión de Europa que, oh sorpresa!, van camino de la bancarrota y de paso ponen en peligro al Euro y al conjunto del sistema económico internacional. El problema anida en este caso precisamente en el sector bancario, cuyas actividades constituyen, de lejos, el componente más grande de la economía nacional. Desde ricos rusos, es decir desmedidos nuevos ricos, hasta pensionados británicos, han confiado sus inversiones y sus ahorros a los bancos de esa isla dividida pero tranquila que ha ofrecido ventajas a través de un sistema económico hasta ahora estable, porque en medio del agradable clima mediterráneo, y salvo una improbable descomposición de las relaciones con los turcos, nada amenazaba con perturbar los depósitos frutos de negocios o de ahorros de toda la vida.  

Al terminar la primera década del Siglo XXI la economía chipriota era una de las mejor manejadas y con menores riesgos en el seno de la Unión Europea. El Fondo Monetario internacional la calificaba con los mejores adjetivos, como una economía con crecimiento sostenido, desempleo muy bajo y unas finanzas públicas dirigidas con responsabilidad. Motivos suficientes para gozar de una confianza que acrecentaría los depósitos en los bancos del país. Pero los virus que, como se sabe, anidan en el ambiente propio de la lógica del sistema, no demoraron en aparecer. 

La proximidad histórica y cultural con Grecia comenzó a jugar un papel importante en la aparición de debilidades, porque los bancos chipriotas comenzaron a prestar dinero en cantidades importantes a los griegos, al tiempo que favorecieron una burbuja de propiedad raíz, tan voluminosa como se puede dar en una isla del Mediterráneo que a la vez es paraíso fiscal. Típico: el crecimiento de los préstamos y el hecho de que el patrimonio de los bancos estuviese representado en alta medida por obligaciones contraídas por deudores insolventes, puso en aprietos al sistema. Pero hay algo peor: la solución del problema griego, que en un momento dado consistió en condonar la mitad de sus deudas, sirvió para arreglar el problema de Grecia pero resultó fatal para la situación de los prestamistas chipriotas. 

Ningún esfuerzo del gobierno de la isla habría sido suficiente para subsanar la crisis de los bancos. Pero el solo intento de hacerlo ya tuvo un impacto tremendo en las finanzas públicas de un país cuyo principal producto ha sido en los últimos tiempos justamente el de las ganancias del sector financiero. Conclusión: acudir a la Unión Europea, para recibir unas ofertas típicas de salvamento que exigen de todas maneras esfuerzos locales para contribuir a la solución. En este caso, ya con la experiencia de los demás enfermos, y en atención a la composición de la economía local, la exigencia europea se centró en el establecimiento de un impuesto a todos los depósitos bancarios, que fue recibido por los cuentahabientes como una confiscación. 

Entonces fue cuando aparecieron dolientes de la procedencia más variada. Por un lado los pequeños ahorradores, con depósitos menores de cien mil Euros, reclamaron no tener nada que ver con el problema y se sintieron asaltados por banqueros que jamás perdonan. Los inversionistas rusos, que habían convertido a Chipre en su paraíso, saltaron de otra parte y exigieron la intervención de su gobierno, que ya en un momento había destinado fondos, insuficientes, a tratar de evitar la debacle. Y también saltaron los alemanes, y otros del grupo de los llamados juiciosos, a protestar por el hecho de que, una vez más, tenían que poner el hombro para arreglar los problemas de los aventureros, con el ingrediente adicional de tener que salir a solucionar el problema de manera tal que les llegaran fondos a los rusos, rusos que se volvieron ricos de la noche a la mañana, tal vez por fuera de la ortodoxia propia del sistema capitalista, recién llegado a su país. 

La furia ciudadana consiguió que el Parlamento no aceptara al tratamiento recetado. Pequeño triunfo, porque ahora, justo antes de la fecha establecida por el Banco Central Europeo para decidir sobre el camino a tomar, Chipre terminó por aceptar un arreglo, que involucra también al Fondo Monetario Internacional, para dar seguridades que permitan el movimiento de rescate de una economía que es de las más pequeñas de la Unión, pero cuyo naufragio tendría en todo caso repercusiones graves para el resto de la comunidad. Los bancos serán reestructurados. El Banco Popular desaparecerá. Sus cuentahabientes pequeños pasarán el Banco de Chipre, y los grandes, que tengan cuentas por encima de los cien mil Euros, irán a formar parte de una cuenta especial en el mismo banco, donde quedarán por el momento congelados. El Parlamento no podrá hacer nada esta vez. Ya se sabe, bien que mal el problema se arregla. Faltan las noticias de los ciudadanos más pobres, que no se beneficiaban del paraíso fiscal y cuya esperanza es la de un buen verano, que les permita sobrevivir la avalancha de limitaciones a su bienestar, que ya es proverbial. 

 

  • Eduardo Barajas Sandoval | Elespectador.com

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