Por: Luis Carlos Reyes

Salarios y migración

La Pulla resaltó hace unos días la difícil situación de los trabajadores domésticos en Colombia, y las comparaciones con otros países no se hicieron esperar en las redes sociales. Incluso cuando la ley colombiana se sigue al pie de la letra, lo cierto es que las condiciones de los trabajadores domésticos y en general de la mano de obra no altamente calificada son malas. Una empleada de servicio en Estados Unidos cobra alrededor de 90 dólares (270.000 pesos) por limpiar un apartamento pequeño, seis veces más de lo que se le pagaría en Colombia por un día entero. Llega al trabajo en carro, reparte tarjetas de presentación entre sus clientes potenciales, y de vez en cuando se va de crucero por el Caribe. Un embolador cobra 10 dólares por un trabajo que en Bogotá se paga a un dólar. Y se observan disparidades similares en muchos otros oficios. ¿Por qué ocurre esto? ¿Es justo? Y si no lo es, ¿cómo se soluciona?

Primero, vale la pena aclarar que la razón por la que un trabajador manual gana mucho más en un país rico no es el sentido de justicia social de sus empleadores primermundistas. Ellos, al igual que los de otros países, pagan el precio de mercado y ni un centavo más. Quien lo dude, que les pregunte a los ciudadanos de esos países que viven en Colombia sobre lo mucho que disfrutan los servicios de limpieza doméstica, manicures y cortes de pelo a domicilio, y luego pregúnteles si les pagan a los proveedores de estos servicios lo mismo que pagarían en sus países de origen.

El salario de mercado de los trabajadores no altamente calificados en países prósperos es mayor que en Colombia por una sencilla razón: allá existen oportunidades muy bien pagas por fuera de esos sectores. Con un par de años adicionales de educación técnica después del bachillerato, o incluso sin ella, hay oportunidades laborales en un sector con enormes cantidades de capital, que hacen altamente productivos a sus trabajadores, y que pagan salarios proporcionales. Buena parte de la fuerza laboral sigue ese camino, y como los que no lo hacen son contados, también son caros.

¿Se puede decir entonces que es justo que una empleada de servicio colombiana trabaje más que una estadounidense y sólo gane una fracción de su salario? Probablemente no.

Una de las fuentes de esta desigualdad injusta son las restricciones al libre movimiento de personas que imponen los países desarrollados. Si para la mano de obra pobre de los países pobres fuera fácil emigrar legalmente a países ricos, su nivel de vida mejoraría tremendamente, y beneficiaría incluso a los que no emigran, ya que uno sólo decidiría quedarse acá cuando su trabajo estuviera tan cotizado como en el extranjero. Los salarios de los trabajadores primermundistas bajarían, pero nunca a los niveles que vemos hoy en el tercer mundo.

La mejor solución a este problema sería abrir las fronteras de todos los países del mundo. Y aunque esto no va a suceder, ocurre que si los trabajadores no se pueden mover, el que termina moviéndose es el capital. Como los trabajadores del tercer mundo no pueden moverse libremente, las empresas del primer mundo vienen para acá, creando oportunidades laborales relativamente mejores.

Desafortunadamente, cuando es el capital el que se mueve, sus dueños adoptan prácticas laborales que en sus países de origen no impondrían, cancelando así los logros legítimos de los trabajadores de países industrializados. Dan lástima, paradójicamente, no los excesos del libre mercado, sino que sus proponentes en países industrializados no crean en él lo suficiente como para defender con vigor el libre movimiento de los trabajadores.

* Ph.D., profesor del Departamento de Economía, Universidad Javeriana.

Twitter: @luiscrh

Buscar columnista