Por: Nicolás Rodríguez

Salir (por salir) de una lista

Salir de una lista negra siempre se asume como una buena noticia. Y más si esta mide el desempeño de un país en materia de derechos humanos.

Lo ocurrido con la Comisión Interamericana de derechos humanos (CIDH), de cuya vergonzosa lista ya no haremos parte, bien puede ser visto como un espaldarazo a la gestión del presidente y su preocupación por las víctimas del conflicto.

Hasta ahí todos contentos. De hecho, siempre hubo analistas y políticos que consideraron una falta de respeto que Colombia, en donde mal que bien la democracia se cumple y las libertades existen, compartiese pupitre con países como Venezuela y Cuba. “Faltaba más”, pensarían los heridos en su orgullo republicano.

Pues bien, la CIDH sacó a Colombia de su espacio reservado para los peores alumnos. Con todo, no es tanto lo que ha cambiado de un momento a otro. En su último reporte, cuando todavía éramos el ejemplo indisciplinado, la CIDH mencionó la existencia de reductos no desmovilizados de estructuras paramilitares, la comisión de ejecuciones extrajudiciales y la consolidación de nuevos grupos armados.

Luego pintó un panorama que no difiere demasiado del actual (al que habría que agregar el inminente fuero militar), salvo porque también fuimos felicitados por la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, que ya se empezó a poner en práctica y que, paradójicamente, ha ocasionado sus propias víctimas: entre más participan los líderes, más se exponen. Y por consiguiente, más los amenazan. Es el caso del líder afro Miller Angulo, asesinado unos días antes de que la CIDH nos retirara de su muro de la infamia.

Ahora que ya no hay lista que presione, no tardarán en llegar los gestos de alegría. Los hurras y vivas en los que se celebrará que ya no somos Honduras. En Colombia, nos dirán con tono de “siempre lo supimos”, vamos por buen camino. Como si salir de una lista fuese igual a nunca haber estado en ella. O como si no hubiese otras listas por hacer.

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