Por: Héctor Abad Faciolince

San García Herreros

A una comunidad religiosa le conviene que su fundador sea declarado santo, o tan siquiera beato.

Una vez conseguida la inclusión en el santoral, pueden vender estampas, ensalmos, incluso reliquias. Reciben más limosnas de los peregrinos; reclutan nuevos seminaristas; contratan misas cantadas, ceremonias de sanación, romerías; reciben más herencias y venden más sufragios por las intenciones de un pecador. Una congregación sin santo es como un pueblo sin río.

Y a los pueblos les conviene tanto tener río como tener santo. A Angostura no iba casi nadie, hasta que hicieron beato al Padre Marianito y su momia incorrupta multiplicó su poder de atracción: los santos activan el comercio, promueven el turismo, avivan “la confianza inversionista”, estimulan la compra del cielo a cambio de caridad. Jericó recibirá miles de fieles en peregrinaje, cuando canonicen a la Madre Laura: se venderán más carrieles y cabestros, el cesto de las ofrendas, en misa, saldrá tan rellenito de billetes como una morcilla. Incluso es posible que por un día las cantinas dejen de disparar música guasca a todo volumen y eso será, sin duda, una bendición llovida del cielo.

Un cura rebelde me contaba en estos días que para que en Roma agilicen un proceso de beatificación hay que aceitar las maquinarias del poder vaticano. Si no se dispone de 100 mil dólares, para empezar, es mejor que no lo pongan en esa larga fila de candidatos a la espera de la aureola: para que un proceso se abra hay que untar santos óleos en las manos de algunos purpurados. Según él, no poco ha contribuido a enderezar las finanzas vaticanas la explosión demográfica de santos y de beatos que se disparó con Juan Pablo II. Su santidad polaca canonizó más muertos él solo que todos los papas anteriores juntos.

Ahora resulta que también quieren beatificar a monseñor Rafael García Herreros. Todos los obispos de Colombia han firmado la petición. Este sacerdote eudista, sin duda benefactor de mucha gente, debe buena parte de su fama a dos cosas: sus apariciones cotidianas en la televisión, durante decenios (en su programa El minuto de Dios), y sus habilidades como recolector en el Banquete del Millón, una cena de pan y agua presidida por la Reina Nacional de la Belleza. A partir de esas colectas el padre García Herreros se acostumbró a recibir limosnas sin mirar el origen de la plata. Al pasar a la Iglesia el dinero sucio se lava.

Aclaro que García Herreros no pedía para él , sino para sus obras de caridad: casitas para los pobres, básicamente, pero al final incluso una universidad. Especialista en moverles el corazón a los ricos, se acercó también a los mafiosos, y más concretamente a quien él llamaba Don Pablo Escobar. Y el Don le daba dones, en especie y en metálico. Para corresponderle, el cura lo trataba con comedimiento en su programa, decía que era bueno en el fondo de su corazón y, al menos ante el pueblo que recibía casitas, le daba un aire de respetabilidad.

En el mismo año 91, cuando Pablo Escobar hizo matar a 500 policías en Medellín, el padre García Herreros le recibió una hacienda y declaró en El Tiempo: “No piensen que el padre García Herreros también se corrompió”. A renglón seguido pedía que repatriaran a los extraditados para que trabajaran en esa finca en vez de pasar “largos años inútiles y desmoralizadores en cárceles extranjeras”. Meses antes había logrado que Don Pablo soltara a Pachito Santos porque así “tendremos completamente de nuestro lado a El Tiempo”.

En los procesos de beatificación existe la figura del “abogado del diablo”. Este es un dignatario vaticano que duda de la santidad del candidato. La amistad del aspirante con Don Pablo hará que los óleos de la canonización suban bastante de precio. Mejor sería que se gastaran la plata de la santidad de allá, en las casitas de acá.

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