Por: Aldo Cívico

Se busca liderazgo para la seguridad de Medellín

¿Acaso usted no escuchó lo que dijo Hillary Clinton?, le contestó el alcalde de Medellín, Aníbal Gaviria, a un periodista que se atrevió a preguntarle sobre la seguridad de la ciudad.

La pregunta del periodista no estaba fuera de lugar. De hecho, aquella misma mañana un sicario había asesinado a un taxista, al parecer por asuntos de vacunas. Más bien fuera de lugar estuvo la respuesta del alcalde, así como la declaración del secretario de Gobierno, Jorge Mejía, quien admitió no conocer los detalles del sistema de extorsión contra los taxistas. Está bien que Hillary Clinton no sepa de eso, ¿pero el alcalde y el secretario de Gobierno?

Además de uno de seguridad, Medellín tiene hoy un problema de liderazgo. Y el segundo es más grave, dado que para afrontar temas de seguridad el liderazgo es un elemento imprescindible. En cambio, el alcalde se hace el avestruz: prefiere tener la cabeza bajo tierra, y le molesta cada vez que alguien se la saca y le recuerda que hay barrios donde la gente en la madrugada despierta de una pesadilla para empezar a vivir otra.

Por supuesto, el alcalde tiene razón cuando celebra los muchos avances de Medellín. Es una realidad que en Medellín hoy hay más esperanza que miedo, y creo que Medellín quedará como la ciudad más innovadora, y no sólo por los parques bibliotecas, sino por el carácter de su gente; por ese impulso paisa de superarse a sí mismos en un movimiento perpetuo hacia el cambio —a veces a cualquier costo, aliándose con el diablo como lo hizo el Fausto ebrio por las promesas de la modernidad—.

Medellín necesita hoy un liderazgo con visión para convertir la ciudad cada vez más en un espacio de intercambios, no sólo económicos, sino también de palabras, historias, recuerdos, sueños, donde el pobre al igual que el rico, y el artista al igual que el empresario, tengan la oportunidad de volver realidad sus deseos, para que, al finalizar la vida, no queden como un mero recuerdo: una ilusión convertida en desilusión.

Medellín necesita hoy un liderazgo con el coraje de fijar su mirada en el abismo, representado no solamente por los homicidios (que han disminuido), sino también por las vacunas a conductores de taxis, buses, y a dueños de tiendas; el reclutamiento de menores por parte de combos; las mortales fronteras invisibles; la consecuente deserción escolar; la desaparición forzada; el desplazamiento intraurbano; el microtráfico; la vergonzosa desigualdad social de una ciudad tan rica; y el lavado de dinero que alimenta la construcción de hoteles y de centros comerciales.

Que un alcalde admita que, a pesar de los avances, Medellín enfrenta hoy una crisis de seguridad no es desfigurar la ciudad. Por el contrario, es un acto de verdad y como tal un acto de amor. Es el primer acto necesario para romper con el pasado, y seguir avanzando con innovación; es educar a los ciudadanos en la corresponsabilidad. De hecho, si el primer ciudadano elige la negación, ¿por qué un ciudadano común y corriente tendría que denunciar los atropellos que sufre?

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