Por: Esteban Carlos Mejía

Se dice río, se dice montaña, se dice mar

Tiene la piel albina y va a cumplir 26 años, o ya los cumplió. Mide menos de uno con sesenta. Parece floja y tímida. Tiene la mirada retraída de los cegatos, y eso cuando se quita las gafas, que a duras penas le hacen ver la tercera parte de lo que los demás ven con naturalidad e inconsciencia.

Para leer tiene que arrimarse el papel a dos o tres centímetros de los ojos. Parece frágil, repito. Fragilísima. Pero, damas y caballeros, no se equivoquen: Carla Giraldo Duque es intrépida, perseverante e indomable, con el alma partida en dos, una sedentaria y otra andariega.

Su alma sedentaria martirizó por años a su alma nómada. Sin piedad la comparó con los viajeros de NatGeo, telegénicos y solventes. La andariega no se dejó apabullar y, al fin, hizo lo que quería: “caminar leguas y leguas sobre cualquier terreno, saltar sobre las rocas, colgarse de las raíces en los bordes de las serranías, entrar y salir de los cañones, desafiar lodazales y ríos, labrar caminos y tejer puentes”.

De la mano del arriero Jesús Antonio Toño Henao se propuso hacer su primera caminata, de Medellín a Manizales por Abejorral, Sonsón, Aguadas, Pácora, Salamina, Aranzazu y Neira, una ruta del siglo antepasado. Varias veces tuvo que aplazar la travesía por culpa de la guerra de guerrillas. Al fin, en septiembre de 2008, Carla Giraldo caminó de verdad: “estos pies míos ya se han calzado muchas botas. Me han dejado peladuras, uñas enterradas, uno que otro llanto y bellísimas historias”. Caminó y escribió. Volvió a caminar y reescribió. Su trabajo es una crónica entrañable que recopila las memorias de tres senderos antiguos.

La primera parte, Se dice río (Sílaba Editores, agosto de 2012), cuenta la historia del antiguo camino de Juntas, que durante cuatro siglos (¡cuatro siglos!) conectó al río Magdalena con el interior de Antioquia: de Nare a Medellín por El Jordán, San Carlos, Guatapé, El Peñol, Marinilla, Rionegro. La segunda entrega, Se dice montaña, hablará de la llamada colonización antioqueña. Y, la última, Se dice mar, narrará el camino al mar, al golfo de Urabá.

Junto con sus baquianos de carne y hueso (Toño Henao y Javier García, El Pueblo) ha tenido la guía de fantasmales y plácidos viajeros del siglo XIX, Carl August Gosselman, Alfred Hettner, Friedrich von Schenck, Eduardo Villa Vélez, Isaac Holton, Alexander von Humboldt, con quienes entró “a los caminos para conocer la soledad y el espanto de la tierra abandonada. Para conocer el sabor del agua que baja por la acequia. Para entrar en una posada y compartir un aguardiente en un caserío de esos que ni suenan ni truenan. Para encontrarme con otros que como yo, enfrente del río, la montaña, y el mar viven sus propias búsquedas”. Y todo con un estilo naíf, encantador y burbujeante. Es un tema provinciano quizás. A lo mejor. Pero ¿acaso ha habido algo que no haya sido local antes de volverse universal? Roguemos a los dioses que Carla Giraldo siga caminando... y escribiendo.

Rabito de paja: Para los cortesanos de Pacific Rubiales: “Cumplo con mis obligaciones, trabajo y vendo mi trabajo por un sueldo. Pero eso no me obliga a ser cómplice”. Gustavo Echegorri en Mancha de aceite, de César Uribe Piedrahíta, 1935.

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