Por: Piedad Bonnett

Se volteó la torta

Hace unas semanas renové mi visa Schengen a través del consulado de España, como siempre.

No tuve que pagarle a alguien para que me guardara un turno desde las tres de la mañana ni tampoco tuve que darle una buena suma de dinero a una agencia de las pocas que tenían acceso directo al lugar; no me llovizné, ni me enfrié, ni supliqué por un baño en los alrededores, ni aguanté cuatro horas sin desayunar, ni soporté la mirada despectiva ni las órdenes perentorias del portero que fungía de dueño del consulado. Tampoco me devolvieron de la fila, como me sucedió alguna vez, porque en vez de entregar los papeles con 30 días de anticipación los entregaba con 29, a pesar de decir que iba a un evento cultural invitada por el mismo gobierno español. Tampoco debí esperar dos meses para que me dieran la cita, ni me entregaron la visa dos horas antes de partir para el aeropuerto, cuando ya tenía el alma en la mano y lágrimas en los ojos. No. Esta vez entré civilizadamente diez minutos antes de una cita que conseguí previamente por internet, me atendió alguien amable, me hicieron una entrevista de cinco minutos y recogí mi visa tres o cuatro días después.

¿Qué fue lo que cambió? Algunos dicen que el señor cónsul. Y sí, se necesitó que el señor Rafael Dezcallar de Mazarredo, quien hoy ocupa ese importante cargo, se decidiera a dar a los colombianos un trato digno, para que la humillación cesara. En 2012 él anunció en la prensa que como ese pandemónium de gente arracimada en las puertas del edificio creaba una mala imagen a la embajada y estimulaba malas prácticas como la venta de turnos, ahora esta diligencia sería breve, respetuosa y bajo techo. Habría que señalar, sin embargo, que más allá de los buenos oficios del señor cónsul, el buen trato coincide con una situación penosa: que la España próspera, derrochadora y altiva de hace unos años viene siendo arrasada por una crisis económica que ha puesto a una buena parte de los españoles a parir borugos. Se habla ya de niños que, como en los tiempos de la guerra —esa que olvidaron las nuevas generaciones— van a la escuela sin comer, de desahucios, inmolaciones, desesperación. La peor parte la tienen los muy jóvenes. En internet podemos encontrar una dirección, NoNosVamosNosEchan, que según palabras de sus creadores es “una iniciativa que denuncia la situación de exilio forzoso de la juventud precaria”. Allí podemos ver la historia de cientos de muchachos, en su mayoría universitarios, personas preparadas y llenas de sueños, que deben emigrar a Francia o a Alemania o a estas tierras americanas porque no consiguen un empleo. Así pues, ahora no sólo asistimos al regreso de muchos “sudacas” que emigraron en busca de oportunidades —lavando baños, levantando casas, recolectando naranjas— sino que estamos viendo llegar a América a españoles forzados por la situación. A ellos los recibiremos bien, de eso pueden estar seguros. Y no sólo porque seamos especialmente amables con los extranjeros, sino porque apreciamos lo que ellos traen consigo de cultura, imaginación y emprendimiento. Y porque, a pesar de todo, el vínculo es todavía entrañable con esa madre que nos dio la lengua.

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