Por: Fernando Araújo Vélez

Señor periodista

Pero usted cambió viajes en primera, premios, regalos y comidas por decirle mentiras a la gente, por escribir lo que yo le ordenaba que escribiera, y así se hizo importante, imprescindible para el sistema, para nosotros, o eso fue lo que usted creyó.

Creyó que el mérito era suyo. Que nosotros sólo podríamos seguir con nuestros objetivos, con nuestra expansión y dominio si usted publicaba sus notas, que eran las notas que queríamos nosotros, que investigábamos y a veces hasta escribíamos nosotros, qué ironía. Y fue importante, claro. Sin sus artículos, no habríamos podido engañar a este país durante estos 15 años. Sin sus investigaciones, no habríamos puesto a tantos en el Congreso, en los concejos, en los ministerios, en los juzgados, señores encopetados que se vendieron como usted, o que sucumbieron a nuestras amenazas.

Una ley a cambio de un silencio, la firma de un decreto para que no publicáramos los hechos oscuros de ese firmante, hechos oscuros que usted nos ayudó a construir. Todo a nuestro favor. Todo mentira. Y usted, como el prohombre de la libertad, el adalid de la denuncia, el ejemplo a seguir. Otra mentira. Nuestro hombre en la redacción, lo llamábamos. Ahí estaba usted, siempre dispuesto, siempre diligente. Si hasta se atrevió a pedirnos un día que organizáramos un asesinato de alto vuelo para tener la primicia. Y lo hicimos, y usted se ganó uno de sus premios por esa “chiva”, aunque no fue por eso que acribillamos al doctor aquel. De cualquier manera lo íbamos a hacer, se lo aclaro; era un tipo de muchos principios, honesto, demasiado honesto, diría yo. Peligroso. Él solo podría habernos jodido. Él solo nos habría desenmascarado con su prestigio.

Era una verdad, la Verdad, y esa verdad había que enterrarla. Con ese crimen, además, lo tendríamos a usted en la mano. Más cerca, más confiado. Más nuestro, y eternamente nuestro, aunque eso a usted poco le interesaba, subido como estaba en un pedestal de soberbia. Ya ve, por esa soberbia, por su vanidad, lo elegimos hace ya tanto tiempo. Hoy es imposible echar hacia atrás, usted lo sabe. Es más, sabe demasiado, como decía el Padrino. Por eso le he enviado esta nota, esta despedida. Le adjunto la noticia sobre su muerte para que sea publicada mañana.

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