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Diego Aristizábal 20 Ene 2013 - 11:00 pm

Senos que dan gusto leer

Diego Aristizábal

De los grades autores no siempre lo que más me gusta son sus grandes obras. Tal vez por eso de Ramón Gómez de la Serna, escritor español que murió el 12 de enero en Argentina hace 50 años, más que sus “Greguerías”, piezas maravillosas que cualquier tuitero envidiaría, el libro que más me gusta es “Senos”, un texto pequeño que después de mucho buscarlo cayó en mis manos al presentirlo en una canasta de saldos argentinos.

Por: Diego Aristizábal
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Esta obra, como el mismo autor aclara, no es un libro pornográfico sino que es un pacífico y sonriente catálogo de los numerosos senos que se ven en los huertos de la vida. “Senos” hace parte de una temática insólita donde se da rienda suelta al capricho simple de escribir después de entregarse a la imaginación y de “promover grandes colisiones de todo, desórdenes de todo, desconciertos de todo, hasta divulgar todo capricho”.

La vida literaria de Gómez de la Serna fue un experimento, no de otra forma habría salido un librito que en 130 descripciones nos da un paseo por los más variopintos pechos de la humanidad. Los títulos son sugestivos: Los senos de la que va por café, el derecho y el izquierdo, los senos en domingo, el malabarista de los senos, senos de actriz, postizos, de las pobres niñas del conservatorio, senos en la mañana, de las criadas y de las muertas, de Eva, de las monjas, de las tenderas, de las negras, de las madres, senos tatuados, senos estúpidos, senos que suicidan, senos para todos los gustos, senos observados y estudiados, senos divertidos, senos amargados, senos para que aquel que no los conozca se haga una fantástica idea de este universo donde no hay dos iguales.

Todas las historias me gustan, pero hay dos que releo cada que puedo: “Los senos del cuento de niños”, una historia de una niña de diecisiete años, de trenzas de sol, que pierde sus senos y llora y llora; y “La temerosa” que cuenta la historia de una mujer que hizo tasar sus senos y como valían tanto los guardaba en un cofre-fort y a veces, incluso, los llegó a guardar en las cajas subterráneas del banco. “Sólo en las grandes solemnidades, en las grandes fiestas del gran mundo, rescataba sus senos y se los ponía”.

A mí que me marcaron los tres senos de esa mujer que vi en los 90 cuando presentaron “El vengador del futuro” y que a temprana edad debí estrenar la confesión al ver a una prima hermosa enjabonar su bicicleta sin sostén, me parece extraño que hoy, ante el auge de la literatura erótica que arrecia a punta de látigo, pocos le atribuyan en este campo algún mérito a Gómez de la Serna. Por lo visto muchos creen que es un escritor español mojigato y aburrido cuando su literatura es vital y más intensa que muchos relatos onanísticos que se publican hoy.

¿Para qué un seno si no se toca? ¡Mujeres! permitan que al menos el suspiro de una carta se pose sobre su pecho para que estas historias de Ramón sigan inspirando la vida larga del lector. “Cada seno tiene un matiz musical. Lo único que hay que hacer es encontrarlo”, decía el xilofonista de los senos. Hoy valdría la pena hacer esta tarea con más juicio.  

desdeelcuarto@gmail.com

 

  • Diego Aristizábal | Elespectador.com

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