Por: Piedad Bonnett

Ser niño

Hoy en día la humanidad considera que sus niños son su tesoro más preciado, seres que deben crecer en medio del respeto y el cariño, y a los que se debe brindar una buena educación, pues del esmero con que se críen depende un mejor futuro de la especie.

 A tal punto de refinamiento se ha llegado en el aprecio de la infancia, que alrededor de estos reyecitos se multiplican hoy las recomendaciones para su crianza en libros, artículos de periódicos y revistas especializadas, y la oferta de sofisticados objetos (sillas ergonómicas, teteros de materiales especiales, aparatos para sacarles los mocos y limpiar las lagañas, juguetes y películas) pensados no sólo para darles comodidad, estimularlos y entretenerlos, sino para generar, tanto en padres como en niños, una avidez de consumo.

Este trato esmerado a los niños, que hoy nos parece natural, no era lo normal en otros tiempos. Antes del siglo XVII eran corrientes la esclavitud infantil, el abandono y el infanticidio; el carácter del niño tenía sin cuidado a los mayores, e incluso podía no haber una relación de afecto entre padres e hijos, encomendados éstos a sus nodrizas y tutores. En Colombia —y en muchos otros países— todavía a principios del siglo XX las madres parían sobre esteras que habían servido a otras mujeres y la higiene era tan precaria y los índices de mortalidad tan altos, que casi todas ellas habían perdido un hijo antes de que cumpliera un año de vida. Si la criatura era producto de relaciones ilícitas, para preservar a la madre de la “deshonra” —pues la Iglesia se encargaba de satanizarlas— lo corriente era que el expósito, que así le llamaban, fuera abandonado a las puertas de una iglesia o, peor aún, en el monte. Y en casos de familias adineradas, que se entregara en mucho sigilo a través del torno a un convento, acompañado de un pequeño ajuar y de una carta en la que se decía si había sido bautizado. En la escuela al muchacho se le castigaba con la férula, y en la casa, para educarlos, se recurría a los azotes. En muchos casos, además —y esto se sigue viendo todavía en lugares pobres y atrasados—, ni siquiera había escolarización, pues los padres concebían a sus hijos ante todo como mano de obra.

De cómo han vivido los niños colombianos desde la Colonia y de cuánto se ha avanzado en la Conquista de sus derechos da cuenta la exposición Los niños que fuimos, que podemos ver en la Casa Republicana de la Biblioteca Luis Ángel Arango. La curaduría y la investigación —que quedó consignada en un completo libro-catálogo del que he sacado algunos de los datos de esta columna— estuvieron a cargo de Patricia Londoño Vega y Santiago Londoño Vélez, y el resultado no puede ser más extraordinario y conmovedor. Todos los bogotanos tendrían que ir a verla; los jóvenes, para saber cuántas conquistas se han hecho desde los tiempos en que era corriente regalarle un “negrito” a un niño blanco, y los mayores, porque se encontrarán no sólo con lo más sensible de su pasado —las cartillas de lectura, la revista Billiken, los recordatorios de la primera comunión, la urbanidad de Carreño, las maletas, las loncheras, los cuadernos y la tinta que usamos los mayores de 50, y una hermosa colección de juguetes antiguos, divertidísimos—, sino una muestra fotográfica con gran poder testimonial y un material que da cuenta de la tesonera labor de unos pocos legisladores, médicos y pedagogos empeñados en mejorar las condiciones de vida de los niños colombianos. Algo que todavía deja mucho que desear en nuestro país, por fortuna cada día más consciente de la necesidad de protegerlos.

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