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Pascual Gaviria 20 Nov 2012 - 11:00 pm

Rabo de Ají

Serrana

Pascual Gaviria

Una pequeña isla de "arena muerta" en el Caribe, enemiga de barcos de todas las banderas, es la protagonista de una de las crónicas de Indias más asombrosa entre la colección de inventos y prodigios que dejó el género.

Por: Pascual Gaviria

Desde 1545 está marcada en los mapamundis como un grano de arena blanca en un mar cubierto de pólvora, tesoros y emboscadas. Un hombre hizo que ese ripio marino interesara por igual a los geógrafos y a los escritores. Se llamó Serrana en honor a su ilustre náufrago y su hazaña de supervivencia durante ocho años con sus días y sus noches, acompañado apenas de un cuchillo al cinto.

El Inca Garcilaso no resistió la tentación de contar la historia de Pedro Serrano. No importó que estuviera hablando de las tierras del Perú, abrió un paréntesis y dejó correr el cuento que oyó de boca de uno que dijo haber conocido al mismísimo protagonista: “A Pedro Serrano le cupo en suerte perderse en ellos (aquellos bajíos) y llegar nadando a la isla, donde se halló desconsoladísimo, porque no halló en ella agua ni leña ni aun yerba que poder pacer, ni otra cosa alguna con que entretener la vida mientras pasase algún navío que de allí lo sacase...”. Sólo un día de llanto se concedió Serrano luego del naufragio causado por la impericia y el abandono de la nave de un piloto que llamaban Portogalete. Un nombre como un mal presentimiento para cubrir la ruta entre Santo Domingo y la Isla Margarita con el encargo de llevar “tiros y pólvora”.

Al día siguiente Serrano ya estaba matando tortugas con su puñal. La sangre le servía para calmar la sed y los caparazones para recubrir agujeros donde esperaba recoger agua lluvia. Días más tarde estaba buceando piedras con el fin de encender fuego con la ayuda del puñal y poder cocinar “los camarones y otras sabandijas”. “Y para que los aguaceros no se lo apagasen, hizo una choza de las mayores conchas que tenía de las tortugas que había muerto, y con grandísima vigilancia cebaba el fuego por que no se le fuese de las manos”.

No es extraño entonces que se haya dicho que Daniel Defoe sacó buena parte de su Robinson Crusoe del ingenio y las desgracias de Serrano. Y que el mismo Cervantes, impresionado luego de leer a Garcilaso, hizo naufragar a Antonio en Persiles y Segismunda. Entre nosotros, Manuel Uribe Ángel le dedicó la novela corta La Serrana, donde el autor lo hace dueño de una colonia de una sola persona y aprovecha para hablar de geografía, historia patria, biología y fábulas políticas.

Luego de cinco años de encierro a mar abierto, Serrano encuentra la compañía de un nuevo náufrago. Se consuelan con lágrimas y credos, pelean por la supremacía de ese reino estéril, hacen un acuerdo de paz, se turnan el sueño para mantener el fuego y maldicen en coro a los barcos que no atienden sus señales de humo. Dos miradores hechos de caparazones y piedras han sido levantados a lado y lado de la isla. Hasta que el día víspera de San Mateo son recogidos de su isla sin paraíso con rumbo a La Habana. En el camino, sin ver tierra firme, muere el desdichado náufrago que acompañó a Serrano.

Hoy dormirán en Serrana los diez infantes de marina menores de veinte años que cuidan esa tierra adelantada en ficciones literarias. Ese faro bibliográfico. El 19 de noviembre pasado anduvo por allá el diablo de nariz roma, pies como grifos y cola de murciélago que una noche, poco antes de su rescate, plantó su cara frente a Pedro Serrano.

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