Por: Juan David Ochoa

Showman

A corto tiempo de su omnipotencia, son muchas las anécdotas rocambolescas de su humildad para que no parezcan sospechosas: pagar, de los bolsillos de su sotana y sin necesidad, cuentas de hoteles, negarse a viajar en su carro oficial, romper los protocolos de una estricta y entendible seguridad para dejarse palpar de sus idólatras, lanzar indulgencias vía twitter, aterrizar en aerolínea comercial sobre el último gran bastión del cristianismo.

Es jesuita, sí, y se hizo llamar Francisco para revelarse al mundo sus conceptos, pero tanto espectáculo es extraño. Su extravagancia parece más la actitud desesperada de un magnate por opacar, a fuerza de excesos, la estercolera de una empresa putrefacta y carcomida por la decadencia.

Pero Lo ven, y lloran. No pueden creer que el máximo y reciente señor de la prosapia sagrada se degrade hasta acercarles el cuerpo a sus espíritus sucios de sexualidad y culpa. Parece irreal. Un papa sin el aura de la petulancia que se niega a renovar sus zapatos roídos, y que prefiere el bullicio de las turbas al misterio mítico del aislamiento. El papa moderno, dicen, el papa de los pobres. Pero hasta ahora Jorge Mario Berloglio no ha hecho más que sorprender con simbolismos y discursos desacartonados de benevolencia inútil; sus frases celebradas y aplaudidas solo han sido obviedades: que los ateos son buenos, que la intolerancia es repudiable, que el exceso es peligroso, que los jóvenes son víctimas del mundo atroz; perogrulladas. Nada ha dicho hasta hoy sobre los temas que atañen al mundo moderno que simula abanderar. Ni una sílaba ecuménica frente al derecho al matrimonio igualitario, ni frente a la eutanasia, (ese método que contrapone su piedad al sufrimiento ideal del cristianismo) ni frente al esperpento de los sometimientos de género, ni frente a la posible legalización de los narcóticos, que en el tráfico azota a sus fieles con el látigo de la inmisericordia. Nada verdaderamente revolucionario o relevante ha dicho. Sólo las palabras predecibles de la demagogia, “no traigo oro ni dinero, traigo a cristo”.

A Brasil ha llegado a omitir y a repetir lo mismo en la jornada mundial de la juventud. ¿Y ha dicho algo del reintegro de Leonardo Boff, el teólogo de la liberación perseguido y expulsado por contraponer el activismo social a las palabras del libro intocable bajo el mandato de Ratzinger? No. Y repite que viene a renovar las estructuras oscuras de un vaticano pervertido. Hasta hoy su intención amenazante no ha superado la música de la retórica. ¿Dictará el informe final sobre el lavado de activos del banco vaticano? ¿Intentará diseminar las reservas económicas de una larga historia de saqueos perpetrada por su cruz? ¿Se dejará morir en las extrañas circunstancias en que falleció el filantrópico Juan Pablo I? ¿Extinguirá la bula decretada por Juan XXIII, (Crimen Solicitationis) que incita al traslado de parroquia a sus pedófilos, y  no a su judicialización ni a su castigo? ¿Expulsará al camarlengo Tarcisio Bertone, antiguo protector del pederasta Lawrence Murphy, acusado por doscientos casos de acceso carnal? No lo creo. Tampoco creo que sobrepase la miel de su discurso humano, porque su rebelión parece reducirse únicamente al espectáculo polémico de un Showman.

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