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Eduardo Barajas Sandoval 12 Ago 2013 - 9:00 pm

Por si cambia la Constitución, o la situación

Eduardo Barajas Sandoval

Siempre será fácil encontrar, y vender, argumentos para justificar la compra de armas; lo difícil es tener el criterio suficiente para usarlas, así sea solamente como medio de disuasión.

Por: Eduardo Barajas Sandoval
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La carrera armamentista, que nadie ha sido capaz de detener desde la Segunda Guerra Mundial, parece abandonar sus escenarios tradicionales de la Guerra Fría para satisfacer, y alentar, las necesidades de países asiáticos. China ha desplazado a la Gran Bretaña del lugar que conservaba en el círculo de los principales exportadores de armas, es decir de los que tienen permiso abierto para comerciar esos elementos, que por definición tienen por objeto segar la vida de seres humanos, de manera más explícita que las drogas ilícitas. Permiso que nadie se atreve a discutir. Al mismo tiempo India se convierte en el mayor importador de armas, pero no las compra de China, sino de Rusia, que figura siempre alto en la lista. Las armas chinas se venden principalmente en Pakistán, que dejó de comprarlas a los Estados Unidos, dueños del primer lugar. Pero China también compra por otro lado, lo mismo que hacen Corea y Singapur. 

Abundan, tanto como los ángulos desde los que se mire la “necesidad”, los argumentos para que se desplace hacia Oriente una carrera que en otras épocas se centraba en Europa y tenía ramificaciones según las pretensiones globales de las superpotencias. China tiene inmensas y variadas fronteras, además de una tradición de vecinos peligrosos que no han vacilado en tratar de depredarla. El recelo entre India y Pakistán se alimenta a diario y se ha convertido en una forma de vida que, entre otras cosas, ha impulsado a ambas partes a desarrollar armas nucleares. Y así, cada uno de los países de la región manifiesta tener urgencia de consolidar un armamento que, sin excepción, y como sucede en todas partes, afirman tendría por objeto el mantenimiento de la paz.

Es comprensible que los intereses nacionales de los países asiáticos corran paralelos a su condición de protagonistas de transformaciones económicas y de nuevos roles en el sistema internacional. De ahí que no sea fácil detener una carrera armamentista alentada además por los vendedores, que no cesan de acumular tecnología al servicio de la causa y de ayudar a crear necesidades comerciales que les resultan favorables. 

El proceso no deja de traer, sin embargo, ciertas preocupaciones. La primera de ellas sería la del cambio de ubicación del poderío militar, que en altas proporciones quedaría asentado en el Asia, con las consecuencias que esto pueda traer si se pasa la frontera de la disuasión. La segunda es la combinación exitosa de resultados económicos con poderío militar, que haría más complejo el manejo de los conflictos tradicionales de la región, que incluyen disputas territoriales y marítimas, así como enemistades históricas alimentadas por hechos del pasado o por diferencias culturales irremediables.

Lo cierto parece ser que la acumulación de armas en Oriente no hace necesariamente del mundo un lugar más seguro, porque además no existen allí todavía compromisos como los que, a lo largo de la Guerra Fría, evitaron escaladas fatales. Y las cosas se vuelven aún más preocupantes cuando, con sus propias razones, se agrega a los protagonistas un coloso dormido que a lo largo de más de medio siglo se dedicó al fortalecimiento económico y tecnológico, con el compromiso de no orientar su potencial en la dirección del armamento, salvo que se trate de asuntos relacionados de verdad con su defensa más elemental: el Japón.

La presentación pública del Izumo, un destructor con empaque de portaviones, en el puerto de Yokohama, introduce un elemento nuevo dentro de las cuentas del balance de poder militar en el Asia oriental. Por el momento, y debido a que su armamento y los propósitos de su uso no exceden las limitaciones constitucionales impuestas luego de la derrota en la Segunda Guerra Mundial, a nadie debería preocupar la irrupción del monstruo, más grande que portaviones de otras potencias. Pero va a ser muy difícil ocultar que la construcción misma de la nave constituye una especie de respuesta a las complejidades de las disputas que vuelven aparecer en la región, no solo en materia de dominios marítimos de una u otra potencia sino a las amenazas explícitas de Corea del Norte. 

Los cálculos son muy sencillos: el Japón tal vez considere que no puede seguir amarrado mansamente a sus compromisos de mitad del Siglo XX, en la medida que las cosas cambian dramáticamente a su alrededor. De manera que se puede abrir paso una eventual modificación constitucional que le permita aparecer en el escenario, con al argumento de defensa de sus intereses, otra vez con uniforme militar. Y nadie descarta que, aún si dicho cambio constitucional no se produce, y la situación lo obliga, termine por transformar el destructor en portaviones y usarlo como le parezca. Para lo cual siempre encontrará, y máxime bajo situaciones apremiantes, la correspondiente excusa. 

  • Eduardo Barajas Sandoval | Elespectador.com

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elpasquín

Mar, 08/13/2013 - 09:04
Excelente columna.
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morenoelesceptico

Mar, 08/13/2013 - 07:29
Las armas son muy necesarias. Sin la cantidad de misiles con azúcar que están enviando los mujicas impunes de la Habana, sería imposible la defensa de las 40 millones de hectáreas distribuidas en 60 zonas guerrillerinas.
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Contradictor

Mar, 08/13/2013 - 10:35
Las armas son muy necesarias. Sobre todo, las motosierras para despedazar campesinos que son el caldo de cultivo de la subversión.-
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